Por: Alvaro Forero Tascón

Personalismo

En la democracia electoral hay dos tendencias: el partidismo, que puede desembocar en clientelismo, y el personalismo, que puede desembocar en populismo y autoritarismo.

Colombia pasó de sufrir de un partidismo exagerado, en que se mataban entre liberales y conservadores por serlo y luego se repartieron el poder sin permitir competencia. Eso trajo consecuencias como alta abstención, clientelismo crónico, corrupción, falta de alternativas ideológicas, resistencia al cambio, pero también estabilidad política y económica, fortalecimiento de las instituciones, entre otras.

Pasamos a un personalismo arrasador, que reforzó el debilitamiento de los principales instrumentos de la democracia —los partidos políticos— y caímos en la tendencia latinoamericana de descreer de los mecanismos complejos y lentos de la negociación política propia del partidismo, para preferir al individuo que encarna valores cercanos y ofrece soluciones rápidas y populares. El fenómeno primero atacó los partidos, con las microempresas electorales que permitió la Constitución del 91, luego las elecciones locales en que los partidos buscaban apoyar candidatos populares a las Alcaldías, hasta que llegó a la Presidencia con la derrota que le propinó Alvaro Uribe al bipartidismo en 2002.

Las elecciones de ayer fueron la expresión de dos personalísimos: uno puro, el de las consultas interpartidistas, que no fueron entre partidos, sino entre personas, porque el Centro Democrático, antes que un partido político, es un movimiento caudillista. Y uno mixto, que es en lo que se convirtieron los partidos políticos por vía del voto preferente, en que los candidatos sacan diez veces más votos que su propio partido, porque aunque se puede votar por partido o por candidato, los electores votan por candidatos, sin importar la orientación ideológica del partido, que a veces es imprecisa por el bazar de candidatos heterogéneos que tiene.

Por eso, las consultas fueron en realidad una puja entre populismos, de derecha y de izquierda, uno que pretendía encarnar al pueblo puro en contra de las élites corruptas “que entregaron el país a los ricos”, y otro que pretendía encarnar a ese mismo pueblo puro, en contra de las élites corruptas “que entregaron al país a las Farc”. Dos populismos, que como en las elecciones de hace una semana en Italia, se retroalimentaron desde la derecha y la izquierda, desde el norte y el sur del país, para ganar.

Y las elecciones legislativas fueron una puja entre populismo y clientelismo. El populismo que busca asumir forma partidista para permanecer en el tiempo y llegar al poder en cuerpo ajeno, como el peronismo o el fujimorismo. Y el clientelismo tradicional, que a pesar de su mal posicionamiento ante la opinión pública, aún controla el Estado y con ello influencia el voto de los sectores pobres de las regiones.

La pregunta es si las elecciones presidenciales van a tener una dinámica similar a la de las consultas —puja de populismos— o a de las las legislativas —puja entre populismo y clientelismo—, o si en la primera vuelta será una y en la segunda vuelta otra.

El personalismo permite que reformadores surjan por fuera del clientelismo. Pero más a menudo, que se aprovechen de él populistas y caudillos, que tarde o temprano terminan en autoritarismo corrupto.

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