Por: Columnista invitado

Perspectivas de la relación binacional

La continuidad del proyecto chavista en Venezuela se traduce en retos y en oportunidades para la política exterior colombiana. Las ventajas más notorias en la elección de Nicolás Maduro se resumen en un apoyo efectivo al proceso de paz.

Es más, habría que hacer énfasis en la efectividad de dicho acompañamiento. A pesar de la buena voluntad de muchos estados para asistir a diversas etapas o fases del conflicto, pocos cuentan con la capacidad de interlocución que tiene Venezuela.

Tres razones lo explican. La tradición venezolana de interlocución efectiva data de comienzos de los noventa, cuando los contactos en esa embajada en Bogotá allanaron el camino para los posteriores de Tlaxcala en México, hecho que significó el primer paso de la internacionalización del conflicto y porque desde ese entonces Caracas ha hecho pruebas de una política exterior al servicio de la paz. Esto ya había ocurrido en el pasado, cuando junto con Colombia en el denominado Grupo de Contadora (con México y Panamá también) participó activamente en la pacificación de América Central.

A esto se suma un entendimiento natural entre las guerrillas y el gobierno chavista. Simpatía o afinidad que no debe confundirse con apoyo, porque lo último que le interesa a un gobierno como el de Maduro es legitimar una opción armada, sobre todo cuando la principal amenaza contra el régimen, de acuerdo con su discurso, consiste precisamente en el golpismo. Fenómeno que ya hizo su aparición en abril de 2002.

Finalmente, con una Cuba cada vez más alejada (en tanto que gobierno no como sede) del proceso, el papel de Venezuela tiende a ser más visible y notablemente efectivo para presionar a las Farc en caso de que sea necesario (como seguramente sucederá). Por ende, con la victoria de Maduro, Colombia gana un aliado inmejorable para el proceso de paz.

En el análisis es necesario añadir el aspecto comercial que con justa causa inquieta a miles de colombianos. Es prudente resaltar la inercia que ha acompañado los intercambios y cuya dinámica rebasa la voluntad de los mandatarios. Con Pastrana y Uribe y con Chávez quedó en evidencia el enorme costo político de entorpecer el comercio. A Caracas por encima de cualquier consideración no le interesa debilitar los vínculos con Colombia, habida cuenta de que este último es su abastecedor en materia alimentaria. Dato de relevancia mayor si se recuerda que desde el boom petrolero en la década de los 20 la producción de alimentos cedió a la de hidrocarburos. A partir de esa circunstancia la dependencia venezolana hacia Colombia ha sido patente, más aún desde que Chávez sin éxito intentó reemplazar productos colombianos por argentinos.

En consecuencia, Colombia enfrenta dos retos inmediatos: trabajar en un esquema de integración independiente de la situación política en Venezuela y aumentar la presencia y la inversión estatal en la zona de frontera. Es la única forma de percibir al vecino como lo que es: una oportunidad.

 

* Mauricio Jaramillo

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