Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Perú: ¿hacia dónde?

COMO YA LO HAN SEÑALADO VARIOS comentaristas, el paso a segunda ronda de los candidatos presidenciales Ollanta Humala y Keiko Fujimori anticipa el fin de un modelo en el Perú.

Lo que resulta notable es que el modelo que fue derrotado electoralmente —y que representaban tipos como Toledo o Kuczynski— parecía estar teniendo éxito. Cuando uno se pregunta por las condiciones del ascenso de Evo Morales en Bolivia, una respuesta directa proviene del hecho de que la primorosa reorganización institucional con la que se conformaron las fuerzas políticas en ese país vino acompañada de un brutal y desesperanzador estándar de cero crecimiento. Una casita de plata, que tenía enamorados a politólogos y analistas de dentro y fuera de Bolivia —los del Banco Mundial se hacían lenguas con esa experiencia—, pero en cuyo interior se aguantaba hambre. En Ecuador, despelote crónico, alta conflictividad social, brutal fragmentación del sistema de partidos, improvisación: sin eso no se entiende a Correa, aunque Correa no se agote en tales factores (y aunque no los haya solucionado). Pero Perú goza de una economía que se parece a la proverbial locomotora, y no sufre del raquitismo institucional ecuatoriano.

Tienen toda la razón los que han insistido en el hecho de que el modelo careció siempre de redes de protección para que los perdedores del proceso de modernización no cayeran al vacío. Esto tiene una expresión regional directa. La Sierra, olvidada, atrasada y empobrecida, ha hecho oír su voz de protesta en las urnas, y esta no es la primera vez. Hay al menos otros dos factores explicativos adicionales, que se refieren a sendas características de relativamente larga duración del sistema político peruano. El primero es que en Perú hay un espacio real para la política de izquierda, en una modalidad muy característica del mundo andino (salvo Colombia, precisamente), la del discurso militar-popular. En realidad, si el lector echa una mirada a su alrededor, verá que las experiencias masivas de izquierda contemporánea en los Andes le deben mucho a la presencia militar, a la imagen del campesino-soldado como representante de la entraña de la nación, a la idea del gobierno como ingeniería social. En Perú esto tiene hondas raíces. La dictablanda reformista de la década de 1960 del general Velasco marcó con fuego la experiencia política de una generación. En la década de 1980 el país contó con la izquierda electoral (marxista) más exitosa de América Latina. Es cierto que Fujimori la acabó de una manera contundente, dejándola fuera del juego por casi dos décadas, pero ese espacio quedó abierto. Lo terminó llenando Ollanta Humala, un oficial retirado que comenzó su trayectoria inspirado en la bizarra ideología etno-cacerista creada por su padre y que se ha ido corriendo al centro a medida que el gran premio de la presidencia se hace más y más tangible.

El segundo factor es el hecho de que Fujimori dejó una base social y electoral real, que se niega tozudamente a desaparecer. La fantasía intelectual de que los líderes violentos y corruptos se hunden automáticamente en el desprestigio, se ve una vez más refutada. Si algo tienen experiencias como la de Fujimori es la capacidad de crear fidelidades persistentes. Keiko ha demostrado ser una líder despierta y carismática, con gran sentido de la oportunidad. Eso sí, el escenario de “todos contra Ollanta” de las pasadas elecciones ya no se repetirá. Pues en muchos sentidos Keiko es tan impresentable como el mismo Humala.

Amarga escogencia enfrentan nuest

 

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