Petimetre

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Hace unos años, cuando era profesor de Historia de Colombia en un colegio de Bogotá, comencé un diccionario de términos políticos para que mis estudiantes “parecieran más inteligentes” cuando hablaran de asuntos públicos. Allí había definiciones de palabras recurrentes en la jerga política como: mamerto, facho, contestatario, reaccionario, lumpen, tiranuelo y otras tantas del repertorio lingüístico que solemos usar para tener discusiones sobre historia o coyuntura política.

Lo revisé con el pudor que tienen los viejos escritos y encontré un concepto que siempre me ha causado gracia. Este concepto es: petimetre. Transcribo la definición que escribí hace más de diez años para mis estudiantes:

A pesar de lo que dijese Aristóteles en su tantas veces repetida frase: “El hombre es un animal político”, no a todas las personas les interesa gastarse la vida y perder amistades por culpa de estas interminables discusiones sobre quién tiene o no la razón en una discusión sobre “lo público”. Lo que no implica que las decisiones políticas no les afecten; simplemente les hastía hablar de estos temas y han llegado a la conclusión de que lo mismo da que gane el uno o el otro cuando de elecciones se trata.

En este sentido, se entiende por petimetre ese personaje de carácter apolítico, desinteresado de los asuntos públicos sin importar si el tema que se discute es local, nacional o global. Esta especie humana suele caracterizarse por emitir prolongados bostezos y toda suerte de gestos que demuestran su displicencia cuando en una reunión familiar o de amigos el ambiente se torna tenso, e incluso violento, por posiciones disonantes entre los contertulios. Para ellos, ver un noticiero es un suplicio apenas comparable con una cámara de tortura de la Edad Media.

El origen de esta palabra se vincula a los últimos años de la corte francesa en donde las posiciones estaban cada vez más radicalizadas. Por un lado, París era un hervidero de ideas, allí la discusión política cada vez era más intensa, y los cuestionamientos a los nobles y al aparato cortesano no eran menos apasionados. Por otro lado, durante el siglo XVIII la dinastía francesa consolidaba su esplendor y todo tipo de excentricidades. Una tensión se paseaba indomable por las calles de París, porque los olores de los perfumes no ocultaban la miseria de millones franceses.

En dicho escenario surgieron estos personajes que transitaban entre estos dos mundos, pues muchos eran hijos de artesanos y, para pertenecer a la nobleza, pasaban sus días dedicados a la imitación del buen vestir, aprendían las artes de ocio y soñaban con jugar en los jardines de Versalles. Esta puesta en escena no les permitía discutir sobre temas fútiles como la política y la historia.

Los petimetres parisinos no supieron en qué momento el hedor de las angostas calles de París se convirtió en revolución. De espaldas a la realidad, pasaban sus tardes mirando los arbustos que formaban laberintos geométricos, sin darse cuenta de que, del otro lado del esplendor, el descontento era mayor que sus suspiros.

¿Cuántos petimetres hay hoy en día en la política? Que, sin importarles los asuntos públicos, bostezan cuando alguien les habla de la realidad nacional.

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