Por: Alvaro Forero Tascón

Petro

No creo que Gustavo Petro vaya a ser el próximo alcalde de Bogotá. Simplemente porque el electorado que representa, en esencia de centro izquierda, es minoritario.

Su liderazgo en las encuestas ha sido resultado de que el sector mayoritario, el centro y centro derecha del espectro político, está o dividido entre cuatro candidatos o indeciso, pero por efecto del voto útil tenderá a unirse y definirse para el día de elecciones.

Porque, además, cada elección tiene una lógica, y la de una ciudad desesperada por resultados concretos no le favorece a un candidato sin experiencia administrativa que cuenta con el apoyo mayoritario del Polo Democrático. Esta elección no es sobre cómo cambiar el camino sino sobre cómo recuperarlo, no es sobre hacia dónde ir, porque ningún candidato ha pintado claramente el destino, sino sobre salir del atolladero. Al final, ese factor puede ser más determinante que la favorabilidad de los candidatos y que la calidad de las campañas (la de Petro ha sido la mejor). Los temas que preocupan a los votantes, según una encuesta reciente, son, en su orden: inseguridad, estado de las obras de infraestructura y movilidad, transporte público y desempleo, ninguno de los cuales favorece a Petro.

Pero así como esta campaña no llevará a Gustavo Petro a la Alcaldía, sí creo que ha sido la más importante de su vida. Con ella superó el estigma de exguerrillero, y por lo tanto se hizo viable para aspirar con opción a la Presidencia de la República. Y con ella, de nuevo incorporó su bandera política de lucha contra las mafias en la agenda nacional, un tema que puede llegar a ser tan próspero electoralmente como la seguridad hace diez años.

Perdiendo la Alcaldía, Petro no sólo se liberaría de una tarea dificilísima, de poco potencial de lucimiento y para la cual está mal preparado, sino que quedaría cuajado políticamente para adelantar la tarea para la que está mejor preparado: enarbolar la bandera de la anticorrupción (increíblemente ningún otro político se la disputa, el “no todo vale” de Mockus es más filosófico), y hacerlo como la única figura de oposición a la Unidad Nacional (también indisputada).

Petro encontró su voz hace tiempo; es, junto con Germán Vargas Lleras, el político más articulado del momento; pero en esta campaña encontró la narrativa —combatir a las mafias de la corrupción— que le permitió cambiar de enemigo (Moreno por Uribe) y mantener su imagen de hombre vertical mientras se movía un poco hacia el centro. Así consiguió sentar las condiciones para sintonizarse, en un futuro, con un electorado mucho más amplio que al que apelaba con las denuncias de parapolítica.

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Como Petro, Sergio Fajardo está siendo favorecido por la división de sus oponentes, pero a diferencia de aquél, parece haber consolidado una verdadera mayoría, con la que creo va a gestar una revolución en la política colombiana. Será la primera vez que el voto de opinión urbano consiga inclinar la balanza electoral a nivel departamental, y así “liberar” enormes territorios de la tenaza clientelista. El fenómeno será replicable en el futuro en el Valle del Cauca, Atlántico, Santander, Bolívar, y se potenciará la modernización que se ha dado en las grandes ciudades gracias al cambio político.

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