Por: Urzaiz

Petro en el país de las maravillas

Durante los años 80s hubo una película basada en Alicia en el País de las Maravillas que comenzaba cuando Alicia se para enfrente del espejo de su casa y se empieza a dar cuenta de que el mundo que funciona, con sus padres, su gato y el desarrollo normal de la vida, está del otro lado del espejo. Ella a su vez no sabe exactamente dónde está pero sabe que definitivamente no es el lugar correcto. Alicia grita, llora y golpea el espejo con todas sus fuerzas sin que nadie la escuche hasta que debe retirarse en silencio.

La misma sensación debieron experimentar varios de los senadores que contra viento y marea lucharon la semana pasada para evitar el hundimiento de la reforma política en la Comisión Primera del Senado. La reforma, que hubiera sancionado a los partidos políticos vinculados con grupos armados con la pérdida de las curules de los congresistas involucrados  fue inicialmente obstaculizada  de manera encubierta y luego abiertamente saboteada por el gobierno con el absurdo argumento que la reforma “desconoce la eficacia de la política de Seguridad Democrática para romper los vínculos entre el terrorismo y la política”.

El argumento, sacado de los mismos anales de la argumentación Chavista, parece ignorar  que el hecho de tener al 22% del congreso en la cárcel acusado de tener vínculos con los paramilitares y a otros tantos congresistas acusados de vínculos con las Farc es en si mismo evidencia que el gobierno ha sido incapaz de evitar que los grupos armados penetren los partidos políticos. Si algo, la aprobación de la reforma política habría podido demostrar por primera vez la iniciativa de parte del ejecutivo “para romper los vínculos entre el terrorismo y la política”. Ni siquiera el argumento utilizado previamente por el Ministro Holguín que la “silla vacía” le quitaría gobernabilidad a la bancada oficialista se sostiene ya que se necesitaría que el doble del número de congresistas actualmente en la cárcel perdieran sus curules para que el gobierno perdiera sus mayorías.

Sin embargo quizás el aspecto más preocupante del hundimiento de la reforma política se descubre en el paralelo que hizo en su intervención el senador Petro entre la situación actual y la batalla que libró el Ministro Lara Bonilla para sacar del congreso a Pablo Escobar. Hace 20 años Pablo Escobar, como muchos de los congresistas hoy en la cárcel, se hizo elegir mediante la intimidación y la compra de votos con dineros del narcotráfico y como los congresistas hoy en la cárcel, fabricó leyes y puso amplios sectores del estado a su servicio. Sin embargo hace 20 años, a pesar del enorme costo que representaba, la sociedad Colombiana con el ministro Lara a la cabeza, decidió ponerle el pecho al problema y se  opuso a que la institucionalidad fuera secuestrada por el narcotráfico y el crimen.

Si como Alicia, hoy nos miramos en ese espejo no es difícil darse cuenta que nada corresponde. El Ministro Holguín, que hoy ocupa el puesto de Lara, va al congreso a pedir no que saquen a los criminales y sancionen a los partidos políticos que les dieron el aval,  sino que los protejan porque el gobierno los necesita. Los congresistas oficialistas no involucrados en el escándalo, representantes de la institucionalidad y encargados de defender la ley, se ausentan de la sesión  que decide el futuro del congreso con tal de no poner la cara en tan bochornoso evento, y la sociedad Colombiana en lugar de ponerle el pecho al problema pasa de agache enceguecida por el breve respiro de tranquilidad que atraviesa el país.

Como Alicia, muchos de los senadores que apoyaban la reforma gritaron, lloraron y patalearon ante lo inexplicable del espectáculo que estaban presenciando pero en ultimas debieron retirarse en silencio con la amargura de saber que el gobierno tiene intereses más importantes que construir una democracia legitima y que la  opinión publica es demasiado superficial como para de verdad preguntarse cuál será el legado de este gobierno. Como epilogo de este triste episodio de la política colombiana quizás vale la pena preguntarse qué hubiera pasado con el país si hace veinte años Lara y Escobar hubieran tenido cargos opuestos.

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