Por: María Elvira Samper

Petro en la olla

No puede ser más alarmante para la Alcaldía de Bogotá y su timonel, Gustavo Petro, el cuadro clínico que revela la reciente encuesta “Colombia opina”, de Ipsos-Napoleón Franco para RCN y la revista Semana: siete de cada diez encuestados consideran que la ciudad va por mal camino, el 72% desaprueba la gestión del alcalde, el 77% dice que no ha cumplido con lo que prometió, el 60% rechaza el manejo que dio al problema de las basuras y la creación de los centros de consumo controlado de drogas, y similares índices negativos registran la gestión en movilidad y espacio público. Pero sorprende que siendo la lucha contra la corrupción una bandera definitiva para su elección —dada la herencia envenenada que dejó Samuel Moreno—, sólo el 35% de los encuestados respalda su gestión en esa materia.

Las encuestas no son la verdad revelada, es cierto, pero pelear contra ellas, como generalmente lo hacen los políticos que salen mal parados —y Petro no es la excepción—, no es la respuesta más inteligente, pues al fin y al cabo indican tendencias y son una radiografía fidedigna del momento en que se toman. Petro no puede seguir buscando el ahogado río arriba, defendiéndose con un arsenal de argumentos en el cual no contempla la autocrítica: que hay una estrategia que le impide gobernar, que la clase alta y sectores de la clase media no quieren que le vaya bien porque atenta contra sus intereses, que el aparato administrativo es refractario al cambio y le ofrece resistencia a su agenda de gobierno, que el miedo y las presiones a los funcionarios han producido una parálisis que explica la lentitud en la ejecución, que mientras la justicia avanza con lentitud para sancionar a todos los implicados en el carrusel de la contratación, la Procuraduría inhabilita a su mano derecha por un asunto sobre el cual un tribunal ya había fallado a su favor... Petro ve enemigos y conspiraciones en todas partes, y aunque hay cierta dosis de verdad en algunos argumentos de su defensa, eso no lo exonera de sus propias culpas. Petro no se da cuenta de que si alguien conspira contra él y su programa, Bogotá Humana, es él mismo, que él es su peor enemigo.

La soberbia, la terquedad, la incapacidad para suplir la falta de experiencia administrativa con la conformación de un equipo con trayectoria gerencial; el exceso de improvisación que ha causado enormes costos económicos, políticos y sociales; el no saber establecer prioridades, y su estilo autoritario de gobernar, proclive a casar peleas más que a buscar acuerdos, a imponer más que a convencer, explican en buena parte la percepción negativa que los bogotanos tienen de él y de su gestión.

El panorama para el alcalde pinta color de hormiga, pues no sólo no logra convencer a la mayoría de los capitalinos de las bondades de su programa de gobierno —orientado a superar la segregación social, a la defensa de los derechos humanos y la protección de los más vulnerables, al desarrollo sostenible y a priorizar lo público sobre la privado—, sino que además enfrenta investigaciones disciplinarias, penales, administrativas y fiscales, y la posibilidad de la revocatoria del mandato, proceso que ya superó la primera etapa con 600.000 firmas. Petro pierde cada día más margen de maniobra y su gobernabilidad es precaria, entre otras razones, porque no logra concretar acuerdos con el Concejo. ¿Prosperará la revocatoria o caerá antes sobre su cabeza la espada del procurador? Cualquiera de las dos opciones significa un desastre para Petro y más confusión y caos para la ciudad.

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