Por: Daniel Pacheco

Petro, hágase querer

La primera vez que oí hablar a Gustavo Petro fue en 2008 en Bogotá. Era mucho más pequeño de lo que me imaginaba.

Entró con su caminado torpe, de pies abiertos y espalda un tanto encorvada, a una reunión en el edificio anexo del Senado para convencer a las 60 personas que lo esperábamos de que él podía liderar el cambio dentro de una izquierda, que ya entonces veía como dogmática y acartonada.

A primera vista Petro no es la figura audaz que uno se imagina esquivando balas en una selva del Valle del Cauca. Personas que estuvieron con él en el M-19 lo recuerdan como un pésimo guerrillero de armas tomar. Pero cuando toma un micrófono y empieza a hablar, crece en estatura. Petro tiene ese don raro de enlazar a su público en una relación vibrante que pone los pelos de punta. Más allá de lo que esté diciendo, el coraje que transmite hace difícil no sentir que uno está haciendo parte de un momento histórico.

Esa lengua de Ciénaga de Oro, de donde es la familia del exsenador, fue uno de los factores decisivos que lo separaron de sus contrincantes y lo tienen hoy como alcalde electo de Bogotá. Decir que a Bogotá se la comieron a cuento sería un poco exagerado. A fin de cuentas la mayoría no votó por él.

Petro llega a la Alcaldía con la votación más baja desde que Peñalosa fue elegido alcalde en 1999. Adicionalmente, más allá de su retórica, esta victoria tuvo que ver con decisiones políticas claves ya muy comentadas que dieron en el blanco en términos de tiempo y oportunidad.

Ahora el nuevo alcalde se enfrenta a un reto del que difícilmente podrá salir avante hablando. Gobernar es algo que nunca ha hecho. Es algo que hay que hacer, y no decir. Y enfrente tendrá a una oposición que desde ya se ha mostrado reacia a los coqueteos amorosos que el jefe de los Progresistas ha lanzado como vencedor.

El problema es que si a Petro no le ayudan estará perdido. Mandar en Bogotá es en principio una tarea que parece chocar con la idea de gobierno horizontal que Petro ha tomado de los postmodernistas, y ha empaquetado en eso que llama “la política del amor”.

La idea de sus multitudes choca también con cómo él ha actuado en su trayectoria. Todos los retos de su vida política los ha enfrentado en solitario, para su mérito pasado y su detrimento actual. En algunos círculos de izquierda esta tendencia le mereció el apodo de “cusumbo solo”, en honor al mamífero de trompa estirada que evoca su perfil.

Nuestro cusumbo electo ha mostrado en el pasado una habilidad importante para adaptarse a los cambios de la política. Ahora le llegó la hora para adaptarse él. En la medida en que lo logre, será un gran alcalde y un firme presidenciable. Gustavo (hago uso de la licencia de cursilería que nos ha dado a los bogotanos), el cambio de Bogotá empezará por ti.

danielpachecosaenz@gmail.com

 

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