Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Petro pica en punta

SEGÚN UNA ENCUESTA RECIENTE, publicada por la revista Semana, Gustavo Petro ya sobrepasó a Enrique Peñalosa en la carrera por la Alcaldía de Bogotá. Mientras que otros personajes de los que uno creería que tenían mejor potencial mediático, como Gina Parody, aún no despegan, Petro es líder, y está administrando bien su posición.

Pese a que por sus acusaciones sobre el carrusel de la contratación en Bogotá le llovieron rayos y centellas —no lo bajaban de “personaje cada vez más despreciable”—, los hechos terminaron demostrando no sólo que tenía toda la razón, sino que había lanzado un salvavidas a la izquierda, que ésta no aprovechó. En realidad, junto con algunos pasos en falso y algunas asperezas que tocaría limar —permitirse un par de denuncias temerarias, cierta brusquedad en momentos claves de comunicación— Petro tiene una carrera llena de éxitos. Fue un magnífico parlamentario, parte de esa pléyade de figuras con las que el Polo renovó la política colombiana. Protagonizó de lejos los mejores debates contra la captura del Estado por parte de paramilitares y otros agentes ilegales, y contra las numerosas y brutales transgresiones que acreditan los diversos posgrados en ilegalidad que pasó con honores el gobierno Uribe. Sin Petro no sabríamos todo lo que sabemos que pasó. Pero, a la vez, ha tenido la inteligencia y la flexibilidad suficientes como para negarse a adelantar una política de odios, y para entender la necesidad de construcción de coaliciones amplias para transformar al país. Contra toda esperanza, derrotó a Carlos Gaviria —la potencia electoral de su agrupación, que había conseguido una votación histórica— en las internas del Polo. También contra toda esperanza, hizo una campaña presidencial estupenda, no sólo porque apareció, junto con Germán Vargas, como la figura más articulada de la competencia, sino porque obtuvo una votación muy por encima de lo que se esperaba de un Polo ya en crisis, gracias a varias decisiones inteligentes. Y después, se dio cuenta a tiempo que lo de Bogotá se iba a pique.

Así, pues, no sólo ha defendido seria y valientemente a la democracia y la equidad, sino que sabe ganar. Más aún, aunque no tiene experiencia en el Ejecutivo, creo que hasta podría ser buen gobernante. Sobre el particular, un síntoma que me resulta muy diciente es que está excelentemente rodeado. Carlos Vicente de Roux y Luis Carlos Avellaneda, para no hablar sino de algunos de sus ‘Progres’, son figuras de primera línea, inteligentes, ponderadas, que conocen la capital y son referentes en el debate público por derecho propio. Petro no necesita un entorno de enanos para sentirse más alto.

Bogotá sufre de una extraña paradoja, centenaria creo. Es por mucho la circunscripción electoral más modernizadora del país, e históricamente no se ha dejado intimidar por mezquinos llamados a atenerse al dicho de “mejor malo conocido que bueno por conocer”. Repetidamente ha llevado a altos cargos a gentes de (centro) izquierda, o a adversarias de la corrupción, o simplemente extrañas y renovadoras. Pero nunca ha tenido un gobierno realmente bueno, viable, de izquierda. El karma pasa por Gaitán, y continúa hoy. La alcaldía de Gaitán fue modernizante, pero no sostenible. El notable líder cayó bajo la presión de los mismos sectores populares en cuyo nombre impulsaba un programa de cambio. La de Lucho Garzón fue inerte y problemática, pero no escandalosa, y generó algunos gestos pro-equidad que, aunque viendo las cifras agregadas de pronto no sean tan importantes, en lo micro cuentan. Ahora, con Samuel, tocamos fondo. Si Petro logra ganar, y gobernar bien, estará demostrando al electorado más innovador e inquieto del país que la izquierda democrática sí es una opción. Habría que estar ciego para no ver las implicaciones que esto tiene para nuestro sistema político.

 

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