Por: Armando Montenegro

Petróleo y democracia

Con escasas excepciones, un país petrolero no es un país democrático (entre los mandatarios de los principales países exportadores del crudo hay príncipes, sultanes, jeques, dictadores y sátrapas de distintas pelambres). Y un país exportador que goza de una extraordinaria bonanza de precios, como la que se vive en la actualidad, es un país que sufre presiones para ser todavía menos democrático.

No es una coincidencia entonces que este domingo, 2 de diciembre, en Rusia y Venezuela tengan lugar votaciones que amenazan con sepultar sus ya maltrechas democracias. El denominador común, el soporte del poder de Vladimir Putin y Hugo Chávez, es el precio de más de US$90 por barril de petróleo.

Los multimillonarios ingresos que un país obtiene por la venta del petróleo no se derivan del esfuerzo, la creatividad y el ingenio de sus habitantes. Son el fruto del capricho de la geología y de los azares de los precios, es decir, de la suerte. En muchos casos, los ingresos llegan directamente a manos de los gobernantes y éstos se aseguran de que no existan las limitaciones que imponen las instituciones democráticas a la distribución de recursos: los presupuestos, la deliberación de parlamentos, la prensa libre y una opinión pública vigilante.

En contraste con lo que ocurre en los países sin abundantes recursos naturales —donde es imperativo mantener instituciones abiertas, que estimulen el trabajo, el ahorro y la creación de riqueza—, en un Estado petrolero, donde la riqueza está allí, sembrada por el azar, el ejercicio de la política se limita con frecuencia a distribuir las rentas: de los poderosos a los escogidos, a cambio de lealtades, favores y complicidades. La abundancia de fondos permite que se fortalezcan los ejércitos, las policías y los cuerpos de seguridad. La línea de mando es vertical, sin contrapesos ni oposición. Se eliminan la división de poderes y la independencia de la prensa, la justicia y cualquier grupo que pretenda tener su propia opinión. Así se consuma el matrimonio entre el petróleo y la autocracia.

Este domingo, Putin y Chávez no harán más que seguir un libreto conocido, cada cual con su propio estilo y sus peculiaridades. El primero, como un continuador de una larga tradición totalitaria. El segundo, en el trillado camino del dictador caribeño, a imagen y semejanza de Trujillo, Batista, Castro, Juan Vicente Gómez y tantos otros.

Que la victoria de Putin esté asegurada no es una sorpresa. Su manejo del poder es frío y preciso; no tolera desafíos ni disidencias. Llama la atención, en cambio, la fortaleza de la oposición a la reforma del coronel venezolano. A pesar del populismo desbordado y de los miles de millones de dólares a su disposición, Chávez enfrenta dificultades para lograr una mayoría que le apruebe su reforma constitucional.

Buena parte de la gente de Venezuela tiene la certeza de que Chávez está dilapidando los extraordinarios recursos del petróleo. En contraste con los países que ahorran sus excedentes, el coronel destina el grueso de sus ingresos a comprar lealtades en el interior y a dar, a manos llenas, regalos a un puñado de gobiernos amigos.

La fuerza de la oposición en Venezuela no es más que una reacción ante la ineptitud del gobierno; ante el caos de su economía; el desabastecimiento y la inflación; la inseguridad y la violencia callejera; los favoritismos y la corrupción. Pero es, ante todo, una muestra del apego de grandes grupos sociales a la democracia, la libertad y los derechos humanos.

Aun si la reforma chavista resulta aprobada (ante las previsibles protestas por el conteo de los votos), la tenaz lucha de los estudiantes y otros grupos contra la dictadura es un motivo de esperanza: el pueblo de Venezuela no se resigna a vivir bajo el control de un Estado totalitario.

 

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