Por: Jaime Arocha

Petronio, vírgenes y santos

Abundan los mensajes electrónicos acerca de la violencia que persiste en deteriorar la territorialidad ancestral de las comunidades negras.

En el caso de las del litoral Pacífico, ¡el destierro ya va para 20 años! Como aún no se vislumbran garantías para el retorno seguro, la gente desplazada se vale de estrategias muy diversas para idear porvenires esperanzadores. Así lo evidencié en el XV Festival Petronio Álvarez, en Cali, el cual ya involucra expresiones de espiritualidad, culinaria y estética afrocolombianas. El haber participado como jurado de los grupos de marimba, me permitió unos hallazgos y experiencias que enfocaré en esta y otras columnas.

El 24 de agosto comenzó la impresionante muestra de civilidad, convivencia pacífica y alegría desbordante que congregó en el estadio Pascual Guerrero a decenas de miles de admiradores de las músicas de marimba, violín caucano y chirimía. Sin embargo, 24 horas antes, en el Museo de Arte Religioso, ocho colonias del Afropacífico habían inaugurado el mismo número de altares en honor a sus vírgenes y santos patronos. También realizaron una procesión por el centro histórico de la ciudad, al final de la cual celebraron una misa reformada mediante sus concepciones teológicas, y de estética plástica y musical.

Las matronas barbacoanas que levantaron el retablo en honor a la Virgen de Atocha no dejaban de lamentarse porque a la imagen original de ese puerto sobre el río Telembí le habían robado la túnica de oro y pedrería mediante la cual sus fieles la vestían, así como las coronas de alhajas preciosas con las cuales ella y el Niño Dios salían en las procesiones y balsadas por el río. A diferencia de otros creyentes, que donan las muletas y camillas que el milagro dejó obsoletas, los de ascendencia africana ofrendan los regalos más lucidos, los que más les cueste dar. Una de esas matronas es doña Ermila Castillo, de 83 años de edad y 5 de estar en Cali cantándole en latín la letanía del velorio santoral a la misma Atocha. Siempre estuvo en la tribuna occidental del Pascual, de punta en blanco, bailando y acompañándose de maracas para corear las canciones de los grupos que se presentaban en la tarima del Petronio.

La colonia de Raspadura, el pueblo cercano a Tadó (Chocó), donde se apareció el Ecce Homo, montó esa imagen milagrosa lacerada y sangrante que —como los retratos religiosos de matriz africana— no dirige los ojos al cielo, sino a quienes lo adoran. Por su parte, la colonia guapireña preparó dos altares en honor a la Purísima —la Inmaculada—. Uno como el de la catedral del puerto y otro para mostrar cómo la balsean cada 7 de diciembre. Se valieron de una canoa de medio metro con arcos de palma, flores de plástico y luminarias de neón. Una vez anduvo alrededor de la iglesia de La Merced pareció flotar, de modo que el público se hizo a una idea de la belleza de esas peregrinaciones fluviales cada vez más difíciles de hacer por el conflicto armado. En Cali, Atochita y Purísima evidenciaron que a la gente desplazada los violentos no le han arrebatado la memoria y que ella la reconstruye así sea con oros y ríos de mentira.

 

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