Por: Esteban Carlos Mejía

Philip Marlowe vuelve y juega

El novelista irlandés John Banville tiene 68 años, que no aparenta por ningún lado.

Tiende a ganar cuanto campeonato se atraviesa en el camino de sus obras. Booker Prize en 2005. Premio Franz Kafka en 2011. Y Premio Príncipe de Asturias en Literatura, 2014. Hace dos años, Su Majestad Xavier I de Redonda, o Javier Marías, lo nombró Duke of Infinidades, en referencia a una de sus novelas, y el filósofo George Steiner lo calificó como “el escritor de lengua inglesa más inteligente”. Un pedigrí impresionante.

A veces, Banville se cansa de ser el que es y se pone la capucha de un seudónimo, Benjamin Black, creador de más de media docena de novelas negras o policíacas, todas ellas incisivas y felices. Ahora acaba de coronar un experimento de atrevida sagacidad. Para que se entiendan la osadía y la sutileza, voy por partes.

En los años 40 del siglo XX, Raymond Chandler, hombre también agudo, sensible, algo alcoholizado y displicente, creó a Philip Marlowe, personaje insigne de la novela policíaca contemporánea, un ser tan sufriente como su mismo autor. En El largo adiós, novela de 1953, Marlowe habla de sí mismo a un posible cliente: “Soy detective privado y tengo mi licencia desde hace bastante tiempo. Soy un tipo solitario, no estoy casado, estoy entrando en la edad madura y no soy rico. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de divorcios. Me gustan la bebida, las mujeres, el ajedrez y algunas otras cosas. No soy muy del agrado de los polizontes, pero conozco un par de ellos con los que me llevo bien. Soy hijo natural, mis padres han muerto, no tengo hermanos ni hermanas, y si alguna vez llegan a dejarme tieso en una callejuela oscura, como puede pasarle a cualquiera en mi trabajo, nadie, ni hombre ni mujer, sentirá que ha desaparecido el motivo y fundamento de su vida”. ¡Otro gran pedigrí!

John Banville, a petición de los herederos de Raymond Chandler, sonsacó a Marlowe de las estanterías de las bibliotecas y lo puso a protagonizar una agónica, espléndida e ingeniosa novela, La rubia de ojos negros (Alfaguara, 2014). Honor y desafío, a la vez. Es como si los herederos de García Márquez le pidieran a Arturo Pérez-Reverte o a Luis Goytisolo, por ejemplo, que escribieran una novela sobre el coronel Aureliano Buendía. Pues bien, Benjamin Black ha honrado a Raymond Chandler con pulcritud y vigor, sin apartarse un ápice de las pautas más entrañables de sus escritos (los porrazos a traición en la nuca; los somníferos en las bebidas; las rubias incomparables, utópicas, inalcanzables; la perspicacia del detective; la corrupción de los poderosos y la resignación de los humildes). Y sin olvidar tampoco la habilidad de Chandler de permitir que uno, lector quijotesco, anticipe el final del libro, como mutua y dulce recompensa al ingenio de la trama. ¡Novelaza! ¡Escritorazo!

Rabito de paja: lo mejor del Mundial en televisión: un comentarista porteño de Fox Sports o ESPN delirando sobre “el poder artillero de Argentina”. ¿Poder artillero? Dos (2) goles, sin contar penaltis, desde octavos hasta la final. Dos goles. Contra once (11) de Alemania en el mismo período. Once. Y después nos dicen desmesurados a los colombianos. Jajay, me río.

 

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