Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Pidiendo un favor al Gobierno

CHÁVEZ DIJO HACE POCO QUE LA denuncia colombiana por las armas venezolanas encontradas en poder de las Farc era irresponsable.

Hombre, tiene razón. Ya sé: el hombre no es un modelo de sindéresis, ni de democracia. Pero si dice que dos más dos son cuatro, no hay cómo llevarle la contraria.

Ya oigo a mi amigo Simplicio contraargumentando: darle la razón a Chávez es caer muy bajo. Ese es el punto: meterse en una situación en la que inevitablemente hasta Chávez acierte es, sí, una caída brusca. Cuando Hugo Rafael dice que los que hicieron la denuncia no se fijaron en el tipo de aparato, ni en su carácter francamente obsoleto, ni en el hecho de que la guerrilla le ha quitado muchas armas a todo el mundo, incluidas nuestras Fuerzas Armadas, no veo la manera de desmentirlo. Algunos, y creo que Chávez ya se sumó al coro, dicen que es un complot: una maniobra para distraer la atención de la instalación de bases norteamericanas en Colombia. Pero incluso si la teoría de la conspiración fuera cierta, no excusa tanta chambonería. Pues también el embustero necesita algo de técnica. Aquí lo que vemos es una sucesión de ínfimas astucias de provinciano. Es como una larga, torpe y aparatosa, solemne y zafia, columna de José Obdulio en tiempo real (a propósito: se enteraron de que los ecuatorianos son malos, malísimos, desde el Big Bang hasta hoy?).

El kitsch transformado en el tao de la sabiduría en política exterior ha ido invadiendo múltiples esferas. Cuando el energúmeno mandatario venezolano amenazó con recortar las importaciones colombianas, proliferaron las cuentas alegres: en las crisis el comercio aumenta, llegaremos muy pronto a nuevos mercados. Ahora ya le dieron un batazo en la nuca a nuestra industria automotriz, de por sí ya sumida en una profunda crisis, y ya nadie abrió la boca sobre los nuevos mercados. Porque si bien hay que buscarlos, y ese debe ser un objetivo estratégico nuestro, se trata de una tarea que implica tiempo, inversión en ciencia y tecnología, planeamiento, especialistas, dedicación. Sin eso, la verborrea de la apertura de nuevos mercados mañana mismo, sólo para embromar a Chávez, se reduce a fantasías de aficionados y palurdos.

Aquí lo que se transparenta es un debilitamiento trágico del aparato del Estado. Colombia, que se preciaba, con razón, de su tecnocracia, delgada pero competente, ahora no tiene para exhibir más que improvisación y bandazos de epiléptico. Que nuestros vecinos sean iguales, o peores, no es sino el proverbial consuelo de muchos; y no se debe olvidar que tenemos frontera con Brasil, un país que sí tiene instituciones (y equipo de gobierno con sentido de Estado).

Los costos de no tener partidos, de debilitar las instituciones e incorporar explícitamente fuerzas de la ilegalidad a la coalición del gobierno, quedan claramente reflejados en todo esto. Timoneada por personal de aluvión, la nave del Estado va chocando con todo lo que se le atraviesa. ¿Dije Estado colombiano?  Como he dedicado tanto tiempo a su estudio, pediría que dejaran alguito para después del 2010, o del 14, o del 18. Es algo puramente personal, no quiero quedarme sin tema.

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