Sombrero de mago

Pido castigo…

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Puede ser estupor. O, más aún, una sensación de vacío existencial, de asombro inacabado ante la sistematicidad de un hecho atroz como el de los llamados “falsos positivos” o crímenes de Estado en Colombia. Es como una pavorosa política que trasciende el horror. Y uno se pregunta cómo es posible. En qué mentes (retorcidas, de honda maldad, deshumanizadas) caben tales asesinatos, con premeditación y sevicia, con escenografía, con preparación como una macabra obra teatral.

“Tengo estos huesos hechos a las penas”, diría Miguel Hernández. Osamentas en fosas comunes. Desaparecidos. Gentes a las que les robaron no solo la existencia sino el nombre. Ene Enes. Nadies. Borrados por la atrocidad de un conflicto (el conflicto armado interno) que los mismos promotores de los “falsos positivos” se empeñaron en negar. Los dueños de la tal “seguridad” alimentando a los victimarios para que sean efectivos. Qué importa quiénes sean. Hay que dictaminarlos como si hubieran caído en combate. Criminales.

Y en medio de la degradación del conflicto, de los proyectos paramilitares, de la alianza militar oficial con estos últimos, los civiles, los que estaban al margen de la contienda, y solo eran posibles víctimas de unos y otros, eran seleccionados. Como a los que iban a la cámara de gas. Como aquellos que iban a los hornos crematorios en tiempos de la barbarie nazi. Muchachos sin empleo, muchachos laboriosos, algunos que buscaban el pan honrado y escaso. Y los cazaron. Los condujeron a otras geografías. Y los mataron.

Y ante los caídos, ante los que asesinaron a sangre fría y los vistieron con prendas militares, un desvergonzado dirigente del país dijo que “no estarían cogiendo café”. En 2008, ciento noventa muchachos de Soacha y Ciudad Bolívar, desaparecieron. Y después aparecieron como “muertos en combate” en Norte de Santander. “Eran guerrilleros”, dijo la voz oficial. Los mataron a sangre fría. Los trajearon de camuflados. Qué villanía.

¿Y el presidente de entonces? ¿Y su mindefensa? Acaso sucedió todo a sus espaldas. Acaso son de aquellos personajillos a los que les meten un elefante en casa y ni se enteran. Los llamados “falsos positivos” son parte de una política, de un trazo, de una planeación criminal. Son, además, una expresión de lo más oprobioso; modos de una mentalidad asesina y violadora de los derechos humanos.

Hace pocos días, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) fue hasta Dabeiba, la del bello nombre catío, a buscar los restos de 45 civiles asesinados y presentados como dados de baja en combate, según las versiones de militares de la XI Brigada, acogidos a esa modalidad de justicia. De esas mismas fosas como las encontradas en el cementerio del mencionado municipio de Antioquia, hay en otras partes de Colombia. Osamentas por aquí y por allá. El testimonio de tiempos de decadencia.

En 2005, en San José de Apartadó, tres niños, entre otros muchos civiles, fueron degollados por paramilitares y miembros del Ejército, en una especie de retaliación de espanto por un ataque de las Farc en Mutatá. Los restos hallados en Dabeiba apenas son “una muestra de la dimensión de la complejidad y de la magnitud de la desaparición de personas en el país”, como lo dijo en El Espectador la directora de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, Luz Marina Monzón.

Se habla de muchos desaparecidos en Sucre, en el Guaviare, en Córdoba, en Cesar, en Norte de Santander y el Putumayo. La Justicia Especial va dando sus pasos en búsqueda de la verdad. Esperemos que los autores intelectuales además de los materiales sean castigados con ejemplaridad. “Para los que de sangre salpicaron la patria, / pido castigo. / Para el verdugo que mandó esta muerte, / pido castigo”, dice un poema de Pablo Neruda.

El dolor de las madres, el dolor de los padres, el de los parientes de los asesinados por manos oficiales, es toda una petición de justicia. Podrían ser, como dice una canción de Pedro Guerra, “solo huesos, abandonados huesos… de un dolor no amortajado”. Huesos que claman castigo para los criminales. Huesos que lloran en las noches y en los días, uno tras otro, que no deben quedarse abandonados en los caminos. “Abaratados huesos, / invertebrados huesos / de un adiós no reclamado”.

No debemos acostumbrarnos a las penas. Al dolor. A las ausencias. Ni menos aún a las injusticias. Que los huesos de tantos desaparecidos, que los restos de tantos asesinados en una política de terror y en nombre de una presunta “seguridad democrática”, no permanezcan en silencio. Tienen que gritar desde más allá de su muerte. Tienen que hablarnos y removernos. Conmovernos. La voz de los asesinados por el Estado en los “falsos positivos” debe irrigar los caminos escarpados de la justicia. “Por estos muertos, nuestros muertos / pido castigo”.

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