Por: William Ospina

Piedad Bonnett

LE BASTAN MUY POCAS PALABRAS PAra producir una emoción duradera. El sentimiento, por ejemplo, de la soledad que vuelve, como si fuera una constancia de la naturaleza:

Ah, luna llena que no vimos juntos. / La que hoy vuelve puntual / Sola en su cielo.

Le bastan muy pocas palabras para producir el sentimiento del horror ante los hechos de nuestra historia:

No alcanzarán los rezos para todos. / El miedo sí. / No mires. Ya los traen.

A veces sus frases tienen la contundencia y la precisión de los proverbios, parece que hubieran existido desde siempre:

Tanto ha mordido el tiempo desde entonces.

A veces le basta una imagen familiar para cifrar el símbolo de una manera de estar en el mundo:

Y en el umbral de ayer / Una madre doblando cada cosa, /

Doblando pena a pena con su dulce sonrisa.

El singular sabor de la poesía moderna está en su lenguaje:

Tías de labios rojos / Que duermen vigiladas por bandejas de plata.

De los tres grandes Nocturnos que se han escrito en la poesía colombiana, uno es suyo. Gira sobre la vieja metáfora que aproxima el sueño a la muerte, pero lo hace para lograr gracias al don de la música una mutación mágica.

Al comienzo, oímos la voz de una mujer que está tendida a solas en su lecho y que parece confundirse con la noche que la rodea:

Mi noche es como un valle reluciente de huesos.

También parece confundirse con el suelo en que reposa y con las erosiones del mundo:

La piel, arena, sílice. Los labios agrietados.

Sabe aproximar eficazmente los símbolos de la muerte y de la vida:

Una cruz de ceniza sobre el vientre desnudo.

Y llegamos a sentir que nos está hablando uno de esos innumerables seres destrozados de nuestra historia, que yacen olvidados a la orilla de los caminos, víctimas silenciosas de los cuchillos del tiempo que en esta tierra nuestra trabajan con tanto desvelo. Pero pronto comprendemos que lo que estamos oyendo es el sentimiento de solidaridad con los muertos de alguien que descansa al final del día, en la oscuridad, que aún no ha muerto pero que no ignora cómo somos frágiles y mortales:

Heme aquí entre malezas, en medio de rastrojos

Tal vez no hay latinoamericano que no sienta, como en el poema conjetural de Jorge Luis Borges, el riesgo de terminar arrastrado por el barro elemental, repitiendo, como un presentimiento: “A cielo abierto yaceré entre ciénagas”. Pero en este poema ese juego de sentir la posibilidad de la muerte busca aproximarse a otra verdad, acaso más atormentada: que no es la muerte lo que está ocurriendo sino la soledad, la cercanía del peligro y del miedo:

Muerta de cara al techo de la alcoba

Y sin duda el deleite de comprobar, por la tensión de los músculos, por la persistencia de las sensaciones, que el mundo todavía está alrededor, con sus cotidianos milagros:

Con la luna bailando en la pupila

El universo sigue palpitando en la red de los nervios, la sangre sigue su viaje cíclico por el cuerpo, y una música fundamental insiste en el ritmo de las arterias:

Y el corazón como una liebre herida / que persiste en vivir.

Todos sabemos que definir la poesía es imposible; en cambio a todos nos es dado el don casi espontáneo de sentirla. No sabemos qué es: sabemos dónde está. La voz en el poema insiste un poco en el juego de imaginar la muerte, tendida entre rastrojos, como tantos destinos derribados por el azar o por el crimen. Pero está buscando otra cosa:

Quizá algún día / un enjambre de abejas fabrique su colmena / cerca de mí

Porque un lecho es el espacio de otros juegos posibles, y la imagen atormentada del comienzo puede entregarse más bien al placer de un presentimiento:

Quizá algún día / me despierte el zumbido de su vuelo

Y ese comienzo asediado de peligros y amenazas mortales se vuelca mejor del lado del goce. Ese enjambre que despierta es la sombra más bien de un amor posible que acaricia y que invade.

Me despierte el zumbido de su vuelo

Sobre mis ojos, sobre mi garganta

Este Nocturno no es ya el ajedrez melancólico de José Asunción Silva, donde todo era imposible; ni es el paisaje de las noches grandes de Colombia bajo unas lluvias espléndidas, pero afantasmado por la nostalgia, del Nocturno de Álvaro Mutis; es el poema de una resurrección:

Y reverbere el cuerpo luminoso

Gracias a la verdad de las palabras, gracias a su música, ha pasado de ser un valle reluciente de huesos a ser un cuerpo luminoso que reverbera

Como un mar que cantando alza sus olas.

Es la voz de Piedad Bonnett, una de las más firmes y claras de nuestra poesía, y le acaban de conceder en Madrid, el viernes apenas, el Premio Casa de América de Poesía Americana.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)

Esta tierra donde es dulce la vida (I)