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hace 12 horas
Por: Valentina Coccia

Piel de loba

Vivimos cuidándonos del acecho. Por las calles, en los parques, en la casa, tomándonos el café en la oficina o subiéndonos al bus. Tenemos la sensación perpetua de que alguien nos mira. Ojos devoradores, garras que se pasan por nuestra piel dándonos el peor de los escalofríos, zarpas que nos aprisionan el cuello de la forma más sutil y elegante mientras repasamos nuestros labios con el colorete del rojo más vivo. En los últimos tiempos, he llegado a pensar que esto significa ser mujer en Colombia: vivir en un continuo estado de alerta que nos proteja así sea mínimamente de la vigilancia de los lobos, de la bestialidad de aquellos hombres, que sin justa razón ni causa, están buscando continuamente cazar una presa que de forma salvaje o accidental pueda caer en sus fauces.

La bruma constante de los feminicidios que ocurren a diario se oscurece cada vez más con el silencio, que cruzando los cielos más azules nos deja una perpetua sensación de abismo y oscuridad, recubriendo nuestras esperanzas de la violencia más infame. Hoy en día la cruzada femenina debe ser la de combatir el silencio, que tratando de olvidar el miedo se convierte en otro estado de alerta que nos protege del escarnio y de la falta de dignidad.

En el marco de la trigésima Feria del Libro de Bogotá, El Salmón Editores presentó el sábado pasado su nueva apuesta editorial: el cuento Una niña mala de la ya fallecida autora Montserrat Ordóñez. Con ilustraciones de Diego Nicoletti, la obra de esta autora colombiana se presenta como uno de los libros más pertinentes para responder con alaridos de protesta a la violencia contra la mujer, que en nuestro país, lamentable y escabrosamente, se ha convertido en la imagen más viva de nuestro diario vivir.

“Quiero ser una niña mala”, comienza la voz de Montserrat, que desde la lejanía de la muerte, nos invita a la reprimenda, a la rebelión, a la barbarie. Una niña mala, “una niña valiente que puede abrir y cerrar la puerta, que puede abrir y cerrar la boca. Decir que sí y decir que no cuando le venga en gana, y saber cuándo le da la gana”, una niña que no guarda silencio, una niña que habla, una niña que grita, que patalea y que llora. En el cuento, que hasta ahora había permanecido inédito (como las experiencias de muchas mujeres sometidas a la violencia), la maldad, ese calificativo que en el cuento se  vincula a los hombres, curiosamente, parece unirnos de nuevo a nosotras mismas, a esa fuerza salvaje que nosotras también llevamos dentro, a empaparnos, a untarnos un poco de las ansias y de las garras de esos depredadores que viven continuamente en las sombras del acecho.

Por su lado, las ilustraciones de Nicoletti, similares a las del infierno dantesco que ilustró Gustave Dorée, contribuyen a crear la bruma del miedo. Los lobos, en las imágenes de Nicoletti, se convierten en la compañía constante de la niña que, al dormir, al mirarse al espejo, al asomarse a la ventana, o al hacer las labores diarias de la casa, se ve inmersa en esa temerosa compañía. Los lobos permanecen en estado de alerta, pero ella, más que sumergirse en el miedo, lo adopta como un aliado, se empapa, se unta de las cualidades del lobo, tanto que en su continua voz de protesta es capaz de declarar que la niña mala “tendrá pelo de loba y se sacudirá de las orejas hasta la cola antes de enfrentarse al bosque”.

Difundamos este libro. Leámoslo en parques, en universidades, en colegios y oficinas. Leámoslo en nuestros hogares, con la pálida luz de la lámpara, o a oscuras, mientras los lobos se asoman al espejo con deseos de atacarnos. Leamos y respondamos, ahuyentemos con alaridos, mostrando colmillos y garras. Pongámonos la piel de loba y aullemos en la noche, para que en las tinieblas todos sepan, con sus intrépidas ansias de violencia, que nosotras también estamos al acecho.

@valentinacocci4

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