Por: Luis Carlos Vélez

Pierde Maduro, gana el mercado

Desde la tribuna del socialismo del siglo XXI los mercados se ven como monstruos destructores manejados por los imperialistas para acabar con una loable misión.

Esta definición no tiene otro objetivo que la de crear enemigos imaginarios que generan miedo, resentimiento y por lo tanto patrocinan medidas que permiten combatirlos. Sin embargo, lo que hace el mercado es lo que la gente quiere. Se trata de algo inevitable. Detenerlo o negarlo es simplemente imposible e irracional. Y eso es precisamente lo que es el gobierno de Venezuela, una opción imposible e irracional.

Sobre el quinto productor de crudo en el mundo, los mercados ya dieron su veredicto y su fuerza se hace sentir día a día en los comercios y en las calles. Uno de los primeros síntomas de que el mercado no está de acuerdo con el manejo macro de la nación se refleja en la inflación. El costo de vida en Venezuela ha subido 50% en lo que va corrido del año y está a punto de ser uno de los más altos en el mundo. Una situación sólo comparable con naciones en guerra, como Siria, donde el valor de los bienes cambia prácticamente a diario producto de los enfrentamientos y la incertidumbre. La inflación es un reflejo de que la gente no cree en el valor actual de su moneda y espera que en el mediano plazo sus billetes no valgan nada. Algo que evidentemente, en el caso de Venezuela, no tiene nada que ver con el imperio dibujado por Maduro y sus amigos.

Otro síntoma de que la gente no cree en el modelo económico venezolano es su tasa de cambio. Mientras Maduro ha establecido que el valor del dólar debe ser de 6 bolívares por unidad, en la calle la gente lo transa hasta por 68. Es decir, no cree en lo que le dice el Gobierno y hace transacciones por un valor que considera real.

Sin embargo, en las calles este sentimiento no es del todo evidente. La estrategia chavista-cubana guarda como herramienta de poder la capacidad de asustar. Crea enemigos imaginarios para desenfundar su fuerza, echarles la culpa de los males que ellos mismos han generado y al mismo tiempo justificar su incapacidad. Esta semana, la solución del presidente venezolano fue hacerse aprobar una ley habilitante que le da “superpoderes”. Algo que le permite lanzar decretos y ajustarlos a su favor y que resulta enormemente conveniente ad portas de unas elecciones regionales. Lo interesante de esta última etapa es que estos superpoderes podrían convertirse en su peor enemigo, porque, por muy restrictivas que sean, la gente ya no les cree a las políticas del gobierno.

En Venezuela, la gente ya está actuando en contra de su mandatario, así no lo diga, ni lo interprete de esa manera. Pero en esta oportunidad está claro que las acciones hablan más fuerte que las palabras y lo que se viene para el socialismo del siglo XXI en Venezuela no es más que un vergonzoso final.

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