Piketty: el beso de la muerte

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Este fin de semana, el candidato a la Presidencia de Colombia Gustavo Petro recibió un apoyo determinante: el del economista francés Thomas Piketty, escritor de uno de los libros de economía más importantes y vendidos de los últimos tiempos: Capital.

La teoría de Piketty se puede resumir en que la falla del capitalismo está principalmente en que permite que la riqueza personal se acumule más rápidamente que el crecimiento de las naciones. Es decir, que es más fácil que las personas se vuelvan más ricas a que un país logre distribuir la riqueza, algo que promueve la inequidad. Para reversar este fenómeno plantea un impuesto universal al capital que logre redistribuirlo. Para esto, el afamado profesor de la Escuela de Economía de París se armó de datos para matemáticamente confirmar su premisa. El problema es que no lo logró.

La crítica más contundente al análisis de Piketty la escribió Matthew Rognlie, entonces un estudiante de posgrado de 26 años del MIT, en la que demostró que no se habían tenido en cuenta los efectos de la depreciación en el análisis del crecimiento del capital. En otras palabras, no se consideró que las cosas con el tiempo se ponen más viejas y por lo tanto valen menos. Básico.

El bombardeo contra la teoría de Piketty luego llegó por parte de la prensa especializada, entre ella el famoso diario financiero The Financial Times, que denunció que parte de los datos analizados habrían sido seleccionados o ajustados convenientemente para lograr que el modelo registrara el resultado deseado. Algo así como un Cifras & Conceptos sofisticado.

Así las cosas, Piketty hace las veces de un doctor que no solamente diagnostica mal una enfermedad, sino que también da una cura experimental, lo que hace más perverso el asunto. Gracias a Dios es teórico, no médico. Por eso, recibir el apoyo de Piketty es recibir el beso de la muerte.

Todos queremos tener una sociedad más justa y equitativa, pero lo que propone Piketty es mucho de lo segundo y muy poco de lo primero. Sus propuestas, al igual que las del Socialismo del Siglo XXI, resultan en que las personas sean más parecidas por ser pobres, en lugar de buscar maneras para que todos seamos más ricos. Su sistema genera desincentivos para que las personas compitan, se esfuercen, inviertan y tomen riesgos para resultar en una sociedad donde se espera que papá Estado otorgue una tajada por la cual no se ha trabajado, luchado o estudiado. Es la teorización de la venezolanización. Sobresaliente.

Piketty y el Socialismo del Siglo XXI coinciden en sus buenas intenciones de cambiar el mundo para hacerlo mejor, pero pecan de una buena dosis de realismo, practicidad y evidencia cuantitativa. En otros términos, son encantadores de serpientes o, para ponerlo en términos más actuales, vendedores de pastillas para bajar de peso.

La evidencia matemática y teórica dicta que para que un país sea más rico se necesita inversión, regulación, estabilidad jurídica, bajos impuestos, seguridad y por supuesto cero tolerancia a la corrupción. Lo contrario es: expropiaciones, cambios constitucionales, impuestos al capital, ideología y poca capacidad ejecutoria.

Algunos argumentarán que las ventas del Capital de Piketty demuestran la gran contribución que le ha hecho a la discusión económica en el planeta, pero las hamburguesas grasosas también se venden masivamente y eso no significa que sean saludables. El resto es perfumar lo imperfumable.

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