Pikettys criollos

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En una columna reciente, Sergio Clavijo, exdirector de ANIF, criticó a quienes llamó los “pikettys criollos” que demandaron el Estatuto Tributario ante la Corte Constitucional. Los demandantes argumentan que el Estatuto incumple con el principio constitucional de progresividad, es decir, que en la práctica pone a los más acaudalados a pagar impuestos a tasas menores que las que pagan sus empleados.

Sobre los méritos jurídicos de la demanda fallará la Corte. Pero vale la pena reflexionar sobre por qué Clavijo (“uno de los economistas más influyentes y respetados del país”, según la revista Dinero) elige ese mote para referirse a los economistas y abogados cuyas opiniones cuestiona.

Se esté o no de acuerdo con las afinidades políticas de Thomas Piketty, nadie que se tome en serio el estudio de la desigualdad económica puede ignorar sus contribuciones al campo. Pero es interesante cómo, aun 200 años después de la Independencia, al añadirle a su nombre el adjetivo de criollo se descalifica la opinión de los contrincantes a quienes se les aplica.

Quizá Clavijo no mide cada una de sus palabras y no quiso descalificar a nadie. Pero así funciona la retórica del poder económico en Colombia: contrapone su experiencia y su roce con las reivindicaciones sociales, por urgentes que sean, para hacerlas parecer burdas y faltas de sofisticación. Es una retórica colonial que no ha cambiado mucho desde los tiempos de don Miguel Antonio Caro, cuando la marca del poder era saber regañarnos por nuestro mal latín.

Es paradójico que la columna cite de todo un poco, excepto el trabajo académico sobre Colombia basado en la metodología de Piketty, que con datos de la DIAN demuestra que la tasa efectiva de tributación del 1 % de las personas naturales de más altos ingresos en Colombia es vergonzosamente baja. Los demandantes están poniendo el dedo en una llaga que inquieta al poder: sólo eso explica la omisión, haya sido intencional o simplemente apresurada.

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