Por: Mauricio Rubio

Pilatunas uniandinas

Apoyando las manifestaciones, unos profesores de la Universidad de los Andes, en su mayoría economistas, llevaron la Clase a la Calle. Además de dar papaya, revelaron incoherencias.

Fue inevitable recordar el protocolo para entrar a ese campus universitario, más sofisticado que el de cualquier conjunto cerrado: como en un exclusivo club, hasta el carné de exalumno permite llevar invitados. Aplaudí la iniciativa con una insinuación: quejarse por esos antipáticos controles a la entrada, contrarios al espíritu del evento.

Días después, uno de los conferencistas callejeros colgó su charla en la red e intensificó la sensación de incongruencia: “magistral pilatuna”, anoté. “Un profesor de la U más elitista y excluyente del país se centra ¡en la educación media!”. El recurso pedagógico para evadir un tema que flotaba en el ambiente fue una metáfora infantil: “el puente está quebrado”.

El término pilatuna tiene dos sentidos. En Colombia la acepción usual es “travesura, acción que ocasiona molestia”. No iban por ahí mis reproches. En otros países significa “sentencia o decisión injusta” que seguramente viene de Pilatos, por la célebre lavada de manos. Precisamente eso caracterizó unas pláticas uniandinas con enorme rabo de paja para el debate candente sobre acceso a la educación superior de calidad. Clases en la calle anteriores de otros establecimientos siempre debatieron el financiamiento de la universidad pública. Una salida frentera y decorosa hubiera sido defender la opción ya ensayada por la enseñanza superior privada, Ser Pilo Paga.

Posteriormente caí en la cuenta de una discordancia aún mayor: ignorar que el modelo neoliberal colombiano es fundamentalmente uniandino. Reformas económicas hoy vituperadas —apertura comercial, salud, pensiones, régimen laboral— fueron diseñadas y ejecutadas por redes de Los Andes. Desde los años 80, 11 de los 18 ministros de Hacienda, algunos realmente impopulares por su cercanía al gran capital, han sido uniandinos. Uno de ellos, César Gaviria, con su kínder de colaboradores de la misma universidad, fue el presidente artífice del revolcón institucional y económico parcialmente responsable del desbarajuste actual. De la puerta giratoria entre tecnocracia andina y dirección de gremios, mejor ni hablar.

Participar en las protestas exigía una autocrítica. Algo de sindéresis sugería referirse, por ejemplo, a Eduardo Sarmiento, uniandino heterodoxo, persistente opositor del neoliberalismo, quien advirtió desde los 90 los riesgos de “abrir sin ninguna prudencia” la economía. Enfoques rigurosos pero artesanales, locales, comprensibles y criticables desde otras disciplinas, no alcanzan la formalización y universalidad requeridas para publicar en revistas internacionales indexadas, la nueva y obsesiva prioridad académica. Pero serían útiles para entender tanto el descontento generalizado como las peculiares élites colombianas.

Mi gran maestro, mentor y amigo fue Manuel Ramírez, también economista uniandino. Era uno de esos pensadores humanistas excepcionales, respetado por toda la profesión: marxistas, keynesianos, neoclásicos, teóricos o empíricos. Cuando lo conocí ya no enseñaba tiempo completo: dictaba una clase y dirigía algunas tesis. Después trabajé con él y varios damnificados por otra pilatuna, aquí en su acepción de travesura. En 1972 hubo en Los Andes una huelga estudiantil que buscaba cogobierno. Sus líderes fueron expulsados o suspendidos. La drástica poda también afectó a los profesores de planta que osaron apoyar el movimiento. Recordando su abrupta salida, sin rencor, Manuel anotaba que “cuando al sistema lo atacan desde dentro, golpea duro, esa mano no es invisible”. En ciertas organizaciones, decía, la falta de lealtad es un pecado capital y la sanción por la ingratitud es proporcional a su relevancia para el establecimiento.

Que una universidad líder, donde por décadas se ha educado la dirigencia del país, desaprovechara a un maestro extraordinario por una simple opinión disonante fue una lección que nunca olvidé y busqué transmitir a quienes al calor de las protestas ignoraban una realidad elemental: ninguna institución emblemática permite que sus pocos y privilegiados protegidos se rebelen contra ella o el sistema.

La contundencia del verdugo agazapado la confirmé cuando al final del gobierno Gaviria los economistas uniandinos en el poder no aguantaron las críticas de Eduardo Sarmiento, entonces decano de la facultad. Tres ministros, tres miembros de la Junta Directiva del Banrepública y algunos empresarios le enviaron una carta al macroeconomista díscolo. Pensando que se trataba de un debate técnico, el rector dejó que Sarmiento respondiera la misiva, una actitud que el Consejo Directivo consideró demasiado blanda y alejada del ideal de universidad. Poco después ambos salían de Los Andes y el gavirismo entraba, sacando de nuevo a Manuel Ramírez, quien había vuelto como decano.

Nunca pensé que iba a reiterar consejos ya no a indignados estudiantes sino a profesores poco conscientes del peso sobre sus hombros: quien rechaza la élite a la que pertenece debe renunciar amigablemente; pretender cambiarla desde las entrañas tiene sus riesgos. Espero estar equivocado. Ojalá el clamor por “repensar el modelo” haya calado y el opaco curubito uniandino decida abrir la institución, empezando por las porterías.

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