Por: Andrés Hoyos

Píldoras

AMIGO LECTOR: LE TENGO NOTICIAS desconcertantes. En los altos despachos de los medios impresos de comunicación desconfían mucho de usted y le tienen miedo. Creen que está en fuga.

Tomemos un ejemplo significativo. Hace un par de años el semanario Cambio pasó por una remodelación desafortunada que desde la semana pasada los nuevos propietarios hicieron corregir en lo estético. La versión reciente se ve limpia y bonita, incluye infografías eficaces y tiene una tipografía de titulares empinada y agradable. Hasta ahí es posible hablar de progreso. La sorpresa viene cuando uno pasa a los textos, es decir, a la principal razón para imprimir un medio, en vez de grabarlo en video, ponerlo online o difundirlo por radio.

Yendo de lo grueso a lo delgado, la edición contiene una historia central, cinco artículos de casi tres páginas, 18 de dos páginas y ocho de una página, cuatro de ellos columnas. Ojo, que cuando hablo de páginas, hablo de espacios profusamente ilustrados y aireados. ¿Eso es todo? No, eso no es todo, queda el resto, sólo que el resto parece tasajeado, pues sin contar las cartas, el índice y las entradillas, de suyo breves, en la edición conté 198 píldoras, o sea textos enanos con titular cada uno. Hay, de ñapa, cinco microentrevistas y muchas fotos.

¿Se imaginan ustedes lo que el pobre Luis Fernando Charry puede decir sobre el tercer tomo de las Obras completas de Vladimir Nabokov en 280 palabras? Pretender referirse a eso en ese espacio es como pretender encender fuegos artificiales en un ascensor. Mención aparte merece la historia de carátula: “Cita en Beijing”, por la sencilla razón de que no se trata de una narración hilada, sino de una larga colección de trocitos. Yo, de veras, no entiendo: ¿acaso el lector está enfermo como para que le prescriban esa cantidad de píldoras?

Solía pensarse que la ventaja de imprimir algo consistía en poder analizarlo en contexto y narrarlo de una forma redonda y con aristas. Pero las píldoras no sólo niegan la narración, sino que son por esencia refractarias al contexto; éste simplemente no cabe en ellas. Debo decir que tengo una alta opinión de los talentos profesionales de Rodrigo Pardo y María Elvira Samper, por lo que apuesto que sacaron su revista-caja-de-píldoras presionados. Me resisto a creer que se les hayan fundido tantos fusibles a la vez.

¿De dónde sale la idea peregrina de que los lectores de hoy son equiparables en su lapso de atención a un niño de 8 años? No seré yo quien minimice las amenazas que implican para los medios impresos la contracción del mercado publicitario y las nuevas tecnologías, pero sí debo decir que la peor solución es dejarse llevar por el complejo de inferioridad e imitar lo que uno tanto teme, porque los lectores siempre buscarán el original, no la pálida imitación. Dicho de otro modo, la solución para una amenaza grave no consiste en suicidarse antes de que llegue el verdugo a hacer su trabajo.

Los de Cambio, sobra decirlo, no están solos. Nadie menos que Rupert Murdoch sugiere “dejar de escribir artículos para ganar premios Pulitzer. Darle a la gente lo que quiere leer y hacérselo interesante”. El mensaje traducido es: hace años la gente se interesaba en temas complejos y en la escritura de alto vuelo; hoy quieren muchas papas fritas. Después de tanta alharaca sobre las virtudes de la educación y de la comprensión de lectura, es muy incómodo sentirse miembro de una especie en vías de extinción. Me pregunto si usted, querido lector, se siente aludido. Yo no, pero empiezo a sentirme solo.

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