Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Piñata presidencial

El populismo de derecha, como el que se estila en este país de miserias que, por lo demás, gana ránquines mundiales de corrupción, está en boga. El actual presidente (o subpresidente, como es más conocido) desde la campaña electorera lo utilizó como una vulgar apelación a la demagogia, con la que, además de votos, se ganó la antipatía de la otra mitad que no votó por él (o por su patrón). Un país no se maneja con churrunguis-chunguis, ni con ponerse de idiota útil de Trump, ni con mascaradas. Tampoco haciendo “cabecitas” y “treintaiunas” con un balón.

Es un populismo que, si no fuera por toda la tragedia que padece la mayoría de colombianos, hasta sería risible. Como la repartición de confites a los niños de Bojayá. La población de este martirizado municipio estuvo asediada, como en un aterrador estado de sitio, por tropas paramilitares en la víspera de año nuevo. El Ejército, qué extraño, ni apareció en esos momentos, como sí lo hizo para bombardear a niños del Caguán. Después, ante el clamor de los habitantes, apareció el “Estado”, cuando ya los paracos se habían alejado. Cosas que pasan.

Duque, un impopular mandatario, llegó a una población que, como otras muchas del país, carece de salud, de accesos educativos, de una vida digna, y siempre asediada por guerrillas, paramilitares y por narcotraficantes, que son parte de las unas y de los otros. Y como si se tratara de un extemporáneo “Halloween”, repartió confites entre la chiquillería. Un gesto estudiado para las cámaras y la propaganda. Que salió de retro. Poco creíble la presunta bondad, cuando se ha enviado a bombardear niños en otra parte de Colombia.

La actitud de confitería quedó registrada como un evento de desprecio o, desde otra perspectiva, como una insolente expresión de demagogia, de populismo desechable. No encajaba en la presunción de lo que debe hacer un mandatario que, más que regalar confites, debe dar luces, tener propuestas para la resolución de los problemas de fondo de niños y adultos. “La imagen del presidente Duque repartiendo dulces en la mano a niños pobres del Chocó humilla, insulta y avergüenza a los colombianos. Pero no solo eso: produce hondo desconsuelo ver de frente el patético cuadro de la estupidez encarnada en el primer mandatario de nuestra nación”, dijo en un trino el senador Iván Marulanda.

El “bombardeo” (de mensajes, entiéndase) sobre Duque le pudo haber resultado empalagoso. “Mientras Duque regala dulces a niños pobres, le regala a los más ricos de Colombia diez billones de pesos por medio de exenciones tributarias. Este es el gobierno de la equidad”, trinó otro ciudadano. Aunque se le pueda hacer mucha semiología a la bombonería presidencial, el caso es que no encajan los dulcecitos cuando, como es fama, centenares de niños colombianos pasan las de “san Patricio”. Niños desnutridos, niños con hambre, niños sin escuela, niños “carne de cañón” de delincuencia común, de paramilitares, de guerrilla; ah, y como si fuera poco, del Ejército.

Niños indígenas, niños negros, niños mestizos, numerosos niños azotados por un sistema inicuo, de inequidades de espanto, requieren más que confites. Un país donde los niños, o la mayoría de ellos, no tienen futuro, porque además los mata el hambre, las miserias, las bombas, las balas, no puede ser serio. Ni serio es un jefe de Estado que lo único que se le ocurre, en una visita a una población martirizada, es distribuir confites, en un acto que ha sido visto como humillante y despectivo.

El presidente, su vice, toda la corte, tal vez ven a los pobres como un estorbo, como una multitud de apestados que hay que mantener a raya, y que de vez en cuando hay que mirarlos, disimulando el asco, para que sirvan como estampa. O como un postizo suvenir para decir que sí se “untan” de pueblo. No faltó, seguro, quien haya dicho bellezas del mandatario que cargó niños en Bojayá y los endulzó.

Entre tanto, siguen matando líderes sociales y desoyendo las peticiones populares en torno a una mejoría en las condiciones de vida. Es como si, además de la represión y el menosprecio, hubiera una especie de burla oficial por los que tienen “sed de justicia”. Pero, qué va, ahí está el señor presidente, el de la alta impopularidad, haciendo las veces de “misionero”, el que endulza las penas y cree que los maltrechos y los olvidados las sanarán con una golosina.

No hay salud, no hay escuela, no hay alimentos, pero sí, aquí está el amo, el blanquito, el que edulcora la hambruna, que ni ya siquiera da para tener lombrices. Acepten la confitería, mis muchachos, “los de Rique alfeñique, ¡triqui, triqui, triqui, tran!”, y agradezcan que no son bombas. Que siga la piñata.

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