Por: Hugo Sabogal

Pinot Grigio: una fiebre que no baja

Hay vinos que se resisten a pasar de moda. El Chardonnay se mantiene firme en su pedestal, al igual que el Cabernet Sauvignon. Por algo se les designa con los títulos de Reina de los Blancos y Rey de los Tintos, respectivamente.

Dos fenómenos recientes han sido el Malbec de Argentina —favorito entre los consumidores que buscan suavidad y tersura en un tinto— y el dúctil y delicado Pinot Grigio italiano, que funge, en su condición de blanco, como aperitivo y como discreto acompañante de muchos platos ligeros, especialmente en los días veraniegos.

Los vaticinadores profesionales han lanzado latigazos de fuego, augurándoles corta vida. Pero el Malbec ha seguido punteando las preferencias del público consumidor de los cinco continentes e, incluso, ha venido celebrando su día mundial en el mes de abril, durante los últimos cinco años.

Y el Pinot Grigio se ha mantenido fresco y fulgurante desde 2005, año en que millones de estadounidenses lo comenzaron a exigir en restaurantes y supermercados. Y como los norteamericanos viajan constantemente —por placer o por negocios—, han llevado consigo su afición a otros rincones del planeta, abriéndole al Pinot Grigio horizontes nunca antes soñados.

En algo que los críticos tienen razón es en el temor a una posible pérdida de calidad y concentración debido al aumento exponencial de pedidos en todos los segmentos de precio. Pero en esto los mercados son sabios: si el vino decae en sus promesas, no hay manera de reversar su desprestigio. Por esa razón, algún efecto negativo ha sufrido la imagen del Pinot Grigio en las categorías de menor costo.

De todas formas, vale la pena tomar precauciones como, por ejemplo, elegir marcas reconocidas o preguntar a amigos, sommeliers y asesores de tiendas y supermercados por aquellos vinos que no generen sorpresas.

Y también es recomendable conocer el manual básico del Pinot Grigio para acopiar elementos de juicio a la hora de comprar.

La Pinot Grigio es una variedad de uva intermedia entre la Sauvignon Blanc y la Chardonnay: más acuerpada que la primera y más ligera que la segunda.

En Italia se cultiva, principalmente, en el norte y noreste, donde el vino resultante se caracteriza por un cuerpo ligero y una chispeante secuencia de aromas y sabores. Pero, por encima de todo, hace gala de un delicioso efecto refrescante.

En la francesa Alsacia —donde se le conoce como Pinot Gris—, el Pinot Grigio posee complejidad y elegancia. Sucede lo mismo con el que se produce en el estado norteamericano de Oregon. También destacan los Pinot Grigio alemanes, neozelandeses, australianos o canadienses.

Sin embargo, no se quedan atrás los de California, ni los de las provincias de San Juan y Mendoza, en Argentina, o los de la zona de Casablanca, en Chile.

A la hora de llevar un Pinot Grigio a la mesa, pocos competidores muestran un comportamiento tan adecuado para acompañar platos de difícil armonía. Hablo, por ejemplo, de comidas con acidez alta, como las ensaladas aderezadas con aceite balsámico y toques cítricos. El Pinot Grigio resulta igualmente apropiado con preparaciones bañadas en salsa soya, un ingrediente esquivo con la mayoría de los vinos.

Ahora, si se quiere elevar su potencial en la gastronomía, existen múltiples y deliciosas posibilidades, ya sea con platos de pasta, arroz, vegetales, moluscos y mariscos. Por ejemplo, unos langostinos a la creole adosados con ajo y limón, o una ensalada de calamares con pesto y hojas de apio. O qué tal un risotto de orzo con langostinos a la mantequilla.

Las posibilidades son numerosas y, en su mayoría, ofrecen seductoras interacciones con varias cocinas latinoamericanas, especialmente con la mexicana y la peruana.

Una sabia lección es que, a mayor intensidad del vino, mayor deberá ser la complejidad de los platos y viceversa.

Así es que, si se lanza a la aventura de abrir una botella de Pinot Grigio, entenderá sin dificultad las razones que lo han hecho tan popular en el mundo.

 

 

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