Por: Pascual Gaviria

Pirámide con palacio

HACE APENAS DOS AÑOS Y MEDIO EL país miraba entre conmovido y risueño los estragos que dejó un pintoresco estafador en los pueblos petroleros y coqueros del sur. Nuestro viejo oeste. La estrategia del pícaro de turno fue magistral: reemplazó las rogativas cotidianas frente al Banco Agrario por oficinas relucientes, una mezcla entre concesionario de motos y agencia de loterías.

Además, le mezcló a la calculadora mágica en las manos de cada cajero un discurso cercano al de las iglesias evangélicas, y encumbró su figura, la del emprendedor levantado a pulso, en la gruta mayor de su iglesia. El exceso de efectivo que dejan los cruces entre los colonos se encargó del resto. Informalidad, carencias institucionales, economías subterráneas, la cultura del dinero fácil, la falta de ofertas del sector bancario… fueron algunas de las causas señaladas en su momento.

El nuevo desfalco ha cambiado de protagonistas. De las leyendas en las cartulinas populares: “Devuélvanme Mi Guardao”, hemos pasado al nerviosismo en ilustres oficinas públicas y privadas. A diferencia de David Murcia los Nule no alentaban una forma de emprendimiento que desconfía y se esconde del Estado, sino una idea de negocios que seduce al Estado y luego lo parasita. Según la Contraloría los Nule firmaron en los últimos años 709 contratos con instituciones públicas. Crearon 83 empresas y participaron en más de 80 consorcios para licitar obras públicas, interventorías y otros servicios. También montaron una ventanilla ilegal para recoger plata bien fuera de la Dirección Nacional de Estupefacientes o de 349 empresarios que les entregaron más de un billón de pesos. La pirámide de David Murcia reclutaba por medio de conciertos de ídolos populares, mientras la pirámide de los Nule lo hacía alardeando de sus contactos en las oficinas públicas, sus balances chuecos y su habilidad para lograr publirreportajes.

Visto en perspectiva parece increíble que tres fafarachos hubieran logrado engañar a cientos de funcionarios, varias oficinas de abogados, medios de comunicación, grandes firmas constructoras y empresarios que fungieron como prestamistas. Buena parte del mundo de los negocios y la política en Bogotá hacía un buen balance de los Nule. Más extraño todavía cuando la mentira estaba tan mal montada. Los correos que hace un año, cuando la quiebra era inminente, se cruzaron los millonarios en desgracia son de un patetismo revelador: “El sueño de construir un imperio” trastocado por no “ser capaces de aceptar el esfuerzo”; “las grandes cagadas producto de la falta de atención y concentración en el trabajo”; su vida de negocios en un trance de opio del “cual tenemos que despertar y comportarnos como adultos…”

Era necesario algún parapeto importante para tapar esa farsa. Y parece que buena parte de la trinchera estaba en el Palacio de Nariño. El amor incondicional del gobierno Uribe por los jóvenes emprendedores hizo lo suyo. Las relaciones con Edmundo del Castillo lo comprueban. Los Nule demostraban solvencia como negociantes exhibiendo sus relaciones con el palacio de gobierno, y resolvían su solvencia económica y técnica con la ayuda de quienes prestaban su nombre para estar al lado de los ganadores y acercarse al poder político. Un círculo vicioso para todos menos para ellos. Cuándo se imaginó Álvaro Uribe que la frase que dedicó a Murcia le iba servir para sus asiduos visitantes: “Es mejor vivir austeramente, tener que trabajar más, fortalecer la disciplina de la lucha honrada, que dejarnos seducir por estos sibaritas, por estos holgazanes de la criminalidad”.

 

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