Por: Juan David Ochoa

Pistoleros

Inicia la investigación por los confusos hechos en el Cauca en el que se sospecha la violación a la tregua unilateral de Las Farc y una posible acción predeterminada.

El evento se veía venir por las razones lógicas de un conflicto ambiguo y poco desescalado. El gobierno se negaba a imaginarlo en el idealismo plenipotenciario al omitir los peores escenarios entre el proceso en curso, y el uribismo lo esperaba con las ansias de los pistoleros dispuestos al argumento vital para girar las ruletas y demostrar el talento para la venganza.

Tienen ahora el argumento para babear con el deleite de la furia fundamentada y un discurso emocional para ganar adeptos en el boicot a un proceso que consideran grosero y denigrante. No es posible que mueran más soldados sin honor, dicen, es insultante que los héroes caigan y se ahoguen en la sangre de una humillación mientras se negocia una paz indescifrable. Son las arengas de un discurso efectista y puramente simbólico, porque en los términos salvajes de la realidad, ni los uribistas indignos entregarán sus hijos para alargar una guerra del todo por el todo, ni les interesa la humanidad denigrada de los muertos, porque alargaban un silencio curioso cuando caían desangrados esos mismos soldados en los enfrentamientos sin tregua de la era Uribe, en el momento en que los argumentos no estaban sustentados en los nombres particulares de la muerte, sino en la ingenua idea del fin del fin del enemigo, en su colapso total, en su abatimiento definitivo. Mientras la sangre corriera en ese curso del ideal forzado con todas las finanzas posibles, el estatus de los muertos era reducido a unas cifras aceptables y poco escandalosas.

8 años de guerra total no fueron suficientes, y quisieron la reestructuración constitucional para alcanzar ese ideal del pacifismo a costa de todas las fosas posibles. 8 años de guerra sin piedad, y acapararon las instituciones de seguridad para perseguir también a los posibles sospechosos de colaborar con el fantasma eterno y atacar desde los todos ángulos, incluido el paramilitar, las posibles estrategias de la insurgencia. La paranoia estaba alcanzando la demencia de las guerras circulares: anular o matar por duda, por sospecha o subsistencia. Arreciar primero y preguntar después. El uribismo y su método de rastrillo paranoide, al final, cuando el búmeran jurídico inició el trabajo de investigación que hoy tiene a todo el bastión tras las rejas o en la fuga internacional, parecía seguir las máximas del Señor del tercer Reino: “podemos hundirnos, pero nos llevaremos al mundo con nosotros”.

Después del desmadre de un totalitarismo ingenuo y criminal, y después de la imposibilidad de una narcoguerrilla fulminada, el único curso es un proceso cuidadoso de negociación que pide con todos los fundamentos sangrientos un cese bilateral para calmar las paranoias.

Los pistoleros quedarán atrás, disparándole al aire y a la nostalgia de ver perderse en el tiempo las viejas glorias de la barbarie. 

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