Caso Pizano: en busca de un Sherlock Holmes

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Han pasado más de dos años desde las muertes de Jorge Enrique Pizano y su hijo Alejandro en noviembre de 2018 y no sabemos todavía lo que hubo detrás de esos trágicos episodios, que se suman a la larga lista de casos sin resolver acumulados por la justicia colombiana.

Las muertes de los Pizano despertaron sospechas desde el primer día porque Jorge Enrique era un testigo clave del escándalo de la multinacional Odebrecht en Colombia. En su condición de ‘controller’ o auditor del Consorcio de la Ruta del Sol 2 estaba rastreando los tentáculos de ese escándalo cuando su muerte frenó el inminente destape de la mayor olla podrida de los últimos años en el país.

De las abundantes publicaciones que generó esta doble tragedia familiar, muchas de ellas en El Espectador, se desprende que las pesquisas judiciales dejaron más de un cabo suelto cuando el entonces fiscal, Néstor Humberto Martínez, cerró en enero de 2019 la investigación por la muerte de Alejandro Pizano. Uno de esos cabos es si se investigó a fondo la muerte de su padre.

Al comenzar este año el caso está “para volver a barajar”, como se dijo en un artículo reciente de El Colombiano de Medellín, y es fácil hallar las cartas de la baraja: entre otras, la afirmación del exdirector de Medicina Legal Carlos Eduardo Valdés, de que no se puede asegurar que Jorge Enrique Pizano no fue asesinado, la cual rectificó su declaración inicial en contrario.

La muerte de Pizano padre fue atribuida inicialmente a un infarto y la de su hijo Alejandro, ocurrida tres días después, a envenenamiento por beber de una botella de agua que estaba sobre el escritorio de su padre y que al parecer contenía cianuro.

Cierre apresurado

Con estas conclusiones, el fiscal Martínez cerró la investigación, lo cual sorprendió a los involucrados en el caso. Uno de ellos, la abogada Luz Stella Camacho, asesora de Pizano, dijo que en los hechos “hubo manos criminales”. La periodista María Jimena Duzán escribió en una de sus columnas: “Pizano trató de esclarecer el escándalo de la Ruta del Sol 2 y murió en el intento”. Las sospechas eran explicables por lo que sabía Pizano del escándalo de Odebrecht y porque él había comunicado sus hallazgos a Martínez cuando este era abogado del Grupo Aval, dueño de Corficolombiana, firma que participó en aquel proyecto.

La Procuraduría, a cargo de Fernando Carrillo, apeló la decisión de Martínez por considerarla apresurada y pidió reabrir la investigación, paso que dio el Juzgado Penal Transitorio de Funza el 28 de julio de 2020. Las razones de Carrillo, acogidas por el juzgado, se pueden resumir en una frase: la investigación no fue concluida.

Si los investigadores se quedaron cortos, no deben haber leído las historias de Sherlock Holmes, el detective creado por la imaginación de Sir Arthur Conan Doyle que no se cansaba de hacer preguntas hasta dar con la clave del caso. Comenzaba con la que hizo famosa Marco Tulio Cicerón, el gran abogado, orador y filósofo de la Roma republicana: Cui bono fuisset?

Cicerón la planteó en su famosa defensa de Sexto Roscio Amerino, un ciudadano romano acusado de asesinar a su padre, y desde su intervención en ese caso, el primero que enfrentó exitosamente a la edad de 26 años, resonó a través de las edades hasta convertirse en un aforismo del derecho penal.

Expresada en forma abreviada como ‘cui bono’ y traducida como ‘¿a quién beneficia?’, la pregunta es utilizada universalmente en las investigaciones criminales, y no necesariamente en latín, para dirigir la atención hacia los motivos del delito. Dieciocho siglos después del discurso de Cicerón fue popularizada por Conan Doyle en sus célebres historias.

La reacción europea

No sabemos si esta y las otras preguntas que suscita el caso fueron hechas por los investigadores de la Fiscalía antes de archivar el expediente. Pero el desempeño de la justicia colombiana en este caso contrasta con la eficiencia de las autoridades europeas frente a otro envenenamiento que fue motivo de escándalo mundial: el del opositor ruso Alexéi Navalny.

Convencida de que querían silenciarlo, la canciller alemana, Ángela Merkel, reaccionó rápidamente para protegerlo, conducirlo a Berlín y ponerlo al cuidado de los médicos del Hospital Charité, donde se confirmó que Navalny fue envenenado con una toxina de la familia Novichok, desarrollada en la Unión Soviética en la década de 1970 para los servicios secretos.

Merkel reclamó a Moscú y al mismo tiempo promovió la reacción de la Unión Europea (UE), que sancionó a seis altos funcionarios rusos como responsables. La identificación del veneno justificó esa acción, pues al Novichok solo tienen acceso las agencias secretas rusas, que dependen directamente de Vladimir Putin.

Navalny fue envenenado el 20 de agosto pasado, cuando hacía campaña en la ciudad siberiana de Tomsk. Los síntomas aparecieron cuando volaba de Tomsk a Moscú, lo cual llevó al piloto a aterrizar en Omsk, otra ciudad siberiana, para que lo atendieran en un hospital. Yulia, la esposa de Navalny, agitó las redes sociales con un simple mensaje: “Navalny muere en Omsk”. Fue entonces cuando la canciller Merkel intervino. Tras su recuperación en Berlín, Navalny regresó el 17 de enero a Rusia y fue detenido al llegar a Moscú. No es la primera vez que es encausado por infracciones que él califica de montajes políticos.

En Alemania relató a la prensa sus actividades antes de la emergencia médica. En la noche anterior había bebido de una botella de agua en su habitación en el hotel Xander de Tomsk que, al parecer, contenía el veneno. Acusó a “los asesinos invisibles de Putin” y dijo que sabía a lo que se expondría al regresar a Rusia, pero que nada le impedirá seguir viajando por su país y tomando agua en los hoteles.

Es obvio que la acusación no podrá ser probada ante la justicia rusa, controlada por Putin. Nadie espera que los responsables sean castigados allí. Pero el caso fue expuesto al mundo entero y la comunidad internacional tendrá los ojos muy abiertos para que el hecho no se repita.

Esto es mucho más que lo que se ha avanzado en Colombia en el caso Pizano.

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