Por: Alfredo Molano Bravo

Pizarro

EL SOL ESTABA EN SU PLENITUD; EL calor era implacable. Habíamos decidido buscar algo de comer y ampararnos bajo cualquier sombra. Llevábamos medio día navegando desde Bahía Cupica sobre un mar monótono que, no obstante, nos sorprendía de vez en cuando con un golpe de ola que se sentía como un reproche.

Pizarro sigue siendo un palenque. Toda su gente es negra, esbelta, noble. Vive al son del mar Pacífico en la desembocadura del río Baudó. En noviembre de 2004 un terremoto dejó sin casa a 500 familias. Ya nadie recuerda que un destroyer de la Armada, con almirante y ministros a bordo, ancló frente a su costa. Los personajes se tomaron mil fotos repartiendo mercados y regresaron a Buenaventura.

Cuando nosotros echamos pie a tierra, casi tocamos el cielo: el agua dulce y fresca y la sombra estaban al alcance de la mano. En la playa una manada de perros rocheleaba con un hueso. Trataban de quitárselo unos a otros como un trofeo. Alguno lograba agarrarlo con firmeza y se disparaba a toda velocidad seguido por los demás hasta que otro más fiero y veloz lograba quitárselo para, dando una cabriola, cambiar de dirección.

Pasaron por nuestro lado jadeantes. El hueso era algo rosado y los cartílagos de sus extremidades no habían sido totalmente ruñidos por los perros. Presumimos que era uno de esos tesoros robados por los animales en el matadero municipal. Y, en verdad, no nos equivocábamos: allí habían encontrado a uno de los tres pescadores despresados de un grupo de ocho que desaparecieron una semana después de que el Talibán cayera en manos de las autoridades. La indiferencia de la gente o, mejor, el terror que la mantenía sin percatarse de la masacre, hacía que no mirara a sus muertos ni tratara de quitarles el hueso un húmero a los perros.

 Parecía decir: eso no es nuestro. Y no porque los pescadores no hubieran nacido y crecido en esas playas, sino porque mirar siquiera los cadáveres equivalía a apropiarse del deudo y de sus deudas. Al final, nosotros asumimos la misma actitud para evitar que se creyera que veníamos a investigar. Optamos por pagar y regresar a nuestra pequeña nave. Al apartarnos del beso del mar descubrimos cinco personitas cuatro hombres y una mujer agazapadas unas contra otras, medio desnudas, rapadas de cabeza y amarradas por las manos. Nos miraban como si esperaran en un patíbulo.

 Eran cinco ciudadanos chinos que, según nuestro capitán, habían sido enganchados en Singapur por un barco mercante que hacía la ruta por el Pacífico sur hasta Valparaíso y El Callao antes de atracar en Buenaventura. Allí los chinitos escaparon, se escondieron mientras el barco zarpaba y ya libres contrataron a un propio para que en una rápida de 250 caballos los llevara a


Panamá. Dos mil dólares les cobraron por el viaje. Después de cuatro horas de navegar a cabezazos por un mar picado, el propio les anuncio que por fin habían llegado a Panamá, y los botó en Pizarro diciéndoles o mejor, señalándoles con el dedo que la ciudad quedaba detrás de la loma, al otro lado del río.

Los chinitos obedientes desembarcaron. No sabían ni inglés ni español, por tanto hacían unas señas acompañadas de balbuceos que nadie entendía. Alguien se apiadó de esa especie de náufragos que eran y los llevó a la plaza del pueblo, donde esa misma noche, y frente a los chinitos, la banda de el Talibán asesinó a sangre fría a uno de los ocho pescadores. Su cadáver quedó desgonzado en una de las bancas donadas por la ferretería El Tornillo. Los chinos no volvieron a balbucear. El espectáculo del cadáver con cinco tiros en la cabeza los acompañó toda la noche.

Cuando el sol comenzó a calentar, la policía llegó a levantar el cadáver y de paso a llevarse a los chinitos para la cárcel. Dos días después, el juez promiscuo no sabía qué hacer con el grupo. Se lo entregó al alcalde, que tampoco supo qué medida dictar, y así, se lo entregó a la parroquia hasta el día en que supimos después la policía llegó a cambiar el personal de la estación.

Resolvió cargar con el grupo, que ya había aprendido a decir dos palabras en colombiano: “colabóreme” y “gonorrea”. Los descargó en el muelle para evitarse el trámite de la deportación en esas oficinas calurosas sin aire y sin luz de los viejos edificios de Buenaventura. Hasta el momento, que se sepa, China no ha dicho ni mu sobre la suerte de sus súbditos.

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