Por: Nicolás Rodríguez

Plan Paz

El paso del Plan Colombia al Plan Paz, tras el espaldarazo bipartidista del Congreso estadounidense, le agrega US$450 millones al posconflicto y le suma a Trump.

Si a Trump no le tiembla la mano para elogiar al presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, por su gestión y liderazgo en el plano de la limpieza social de adictos y consumidores de drogas, lo que viene para Colombia es cuando menos incierto.

Ya en tiempos de Obama, cuando se concretó la transformación del Plan Colombia en Plan Paz, el ambiente fue de fiesta. Aun si fue defensor del liberalismo en casa, Obama no abrió la puerta para una revisión de los lados menos memorables del Plan Colombia.

De la presión motivada por el interés estadounidense en el mal comportamiento del Ejército colombiano y la consecuente delegación de funciones bélicas en el paramilitarismo no se discutió. Cuando se pudo, a Pastrana nadie le quitó el saludo.

Con Trump puede que las cosas empeoren. En materia de cultivos ilícitos el panorama no es el mejor. Y aun menos con el uribismo encima y las elecciones a la vuelta de la esquina. Pero para Colombia, con Obama tampoco cambiaron tanto. Los festejos en los días del aniversario del Plan Colombia han debido ser menos alegres para que el Plan Paz no se insertara en la continuidad en la que nos lo están vendiendo.

El país está otra vez de cara al paramilitarismo, que no merma como ha sido documentado en diversos informes recientes, y seguimos sin agregarle a la memoria histórica del conflicto armado la participación de los Estados Unidos. En una entrevista, el profesor Daniel Kovalik nos recordaba lo poco particular que es el caso colombiano a nivel latinoamericano.

Y eso, también, no está de más retomarlo: mucho antes del Plan Paz o del Plan Colombia, a nivel del Cono Sur y del lado de las despariciones forzadas vino el Plan Cóndor, del que tomaron nota e inspiración los militares criollos.

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