Por: Andrés Hoyos

Plata

Como el resto de mis compatriotas, yo también me alegro muchísimo de que Rigoberto Urán y Óscar Figueroa hayan ganado sendas medallas de plata en los Juegos Olímpicos, las cuales significan un gran triunfo personal para cada uno de ellos. Más difícil es juzgarlas en términos colectivos. ¿El vaso está medio lleno o medio vacío?

Yo creo que está medio vacío, pero entiendo que la mayoría de los colombianos lo vea medio lleno y se congratule efusivamente. Sí, las familias de Urán y de Figueroa han sido maltratadas por la violencia, lo que multiplica el valor de las medallas. Sí, en la primera semana de los juegos ya superamos todo lo hecho en 2008. Sí, el apoyo que reciben los deportistas en el país es ínfimo, de modo que llegar a competir en unos Juegos Olímpicos es un acto heroico para casi cualquier colombiano. Sí, hay países a los que les está yendo peor.

El deporte sirve de medida solamente si se toma en su función estadística, no individual, pues en el mundo hay deportistas de todos los niveles y ser seleccionado para competir en una olimpiada implica que la persona pertenece a una élite muy selecta. Sin embargo, un análisis de las medallas obtenidas per cápita por Colombia hace que palidezcamos no sólo frente a un país desarrollado como Australia, sino a un país pobre como Jamaica. Consideremos los resultados de 2008. Tras los juegos de ese año ocupamos el puesto 79 en el mundo (quizá en 2012 subiremos un poco), mientras que por población ocupamos el puesto 27. Para haber logrado este puesto en aquellos juegos tendríamos que haber ganado tres medallas de oro, el triple de las obtenidas por Colombia en toda su historia.

Ya por fuera del territorio deportivo, el frío análisis estadístico nos indica que cualquier medición mundial no demasiado especializada en la que ocupemos un puesto por debajo del 27 ni siquiera nos da para ser un país promedio. En ingreso, según el Banco Mundial, estamos en el puesto 83. Pero, ya metidos en gastos, ¿qué clase de ideal constituye llegar a ser apenas un país promedio? Decía por ahí un personaje muy exitoso que el problema con las metas modestas es que, una vez alcanzadas, se vuelve muy difícil ponerse otras más ambiciosas y que la consecuencia es en últimas el conformismo. En términos colectivos, este conformismo tiene un hermano gemelo: el complejo de inferioridad. No quiero decir con lo anterior que no existan explicaciones convincentes para nuestra dolorosa tradición de medianía: las hay; quiero decir que la única manera de dejar de ser acomplejados es fijarse metas ambiciosas y ver los propios resultados —no sólo los malos, sino los regulares y los buenos— reflejados en ellas.

Algunos piensan que las metas inalcanzables o demasiado ambiciosas desmoralizan. Yo creo lo contrario. El que supone que va a llegar de tercero llega de décimo tercero. Es preciso ser drásticos con el atraso, dejar de considerarlo una maldición para la eternidad y tratarlo como una condición temporal.

La pobreza deportiva, para volver el tema de origen, es una consecuencia directa de la mediocridad del sistema educativo del país. Y si toleramos la existencia de un sistema educativo mediocre, estaremos condenados a un futuro mediocre. No se pueden perder de vista estas duras realidades al tiempo que uno felicita a Urán y Figueroa, dos muchachos muy valiosos y muy meritorios.

[email protected]@andrewholes

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