"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 1 hora
Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de Mago

Playboy y otras perturbaciones

La muerte de Hugh Hefner, a la venerable edad de 91 años bien metidos (o vividos), nos despertó a los que ya estamos en tiempo de retiros espirituales la memoria de los días gozosos de la adolescencia. En medio de una sociedad puritana y de dobles o triples morales, haber encontrado revistas de Playboy, cuando solo nos interesaba la exploración visual del cuerpo de ciertas damas, fue una perturbadora revelación.

Papá, que era un librepensador, y un viajante, las traía empacadas en su maletín de cuero, y las dejaba al garete para que sus hijos pudieran ver las muchachas de encanto allí fotografiadas. Ya nos había hablado, con su inglés de intérprete de gringos de compañías petroleras, de las pin-ups, que él traía fotografiadas en almanaques de promoción de las mismas “companies”. Y entre aquellas, estaban, claro, Marilyn Monroe, la seductora muchacha que inauguró la primera revista del magnate Hugh, en 1953.

Los muchachos de los 60, que sí usábamos gomina y otros fijadores, tuvimos de novias ideales a varias chicas de celuloide. A algunos, de más edad y vuelo, les tocó Brigitte Bardot y se babeaban con Sofía Loren y la Marilyn. En cambio, mis compañeras nocturnas fueron, entre otras, Claudia Cardinale y Raquel Welch, a las que, además, tenía pegadas en las paredes del cuarto, en fotos que sacábamos de revistas de cine. Mi hermano dice, en broma, que él fue el más de malas, porque solo le tocaron afiches de Mercedes Sosa y Celia Cruz.

Hugh Hefner viene al caso porque aquellas revistas, que hacíamos circular entre las galladas de esquina y compañeros de clases, fueron una suerte de iniciación fetichista a la sexualidad de una generación que estaba a punto de adherir en sus camisas y franelas al Che Guevara y ad portas de entonar canciones como “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría…”. Muchos años después, cuando leí El lamento de Portnoy, de Philip Roth, lo que allí se describía me pareció más bien un juego pasado de moda.

Por si acaso, si no recuerdan escenas de la estupenda novela de Roth, aquello de masturbarse de chico y apuntar hacia los bombillos para que, colgando como ahorcados, quedara allí la prueba de la gran vitalidad y arrojo, ya no era novedad. Tampoco la táctica de usar calcetines para no manchar las sábanas. Eran días de clandestinidad sexual y de represiones corporales.

Aparte de aquellos ejemplares, que eran un aporte de papá a las fantasías e imaginaciones nocturnas de sus hijos, no era que circularan publicaciones a granel, en una sociedad que se asustó y persignó a montones con la aparición de la minifalda. El cine, en el que, como lo cuenta Tornatore, a veces censuraban los besos (“la chupada de piña”, se decía), también fue un iniciador de la sexualidad en varias generaciones. No sé a cuántos de por estas coordenadas la revista Playboy les abrió el panorama de aquello que algunas abuelas decían: “Es mejor tener las ganas que calmarlas”.

Hefner, que fue una suerte de “celestina mental” de muchos compradores de su exitosa revista, de adolescente también tuvo fantasías a granel, solo que pensó más en el oro que en la sensorialidad gratuita, en la soledad dulce del ejercicio manual. Quizá quien mejor haya descrito al multimillonario dueño de una revista que transformó las relaciones entre el cuerpo femenino y los consumidores masculinos es Gay Talese, en su libro La mujer de tu prójimo, una investigación sobre el sexo (también la moralina) en los Estados Unidos.

Recordemos algún apartado de la obra de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo: “Antes de Playboy, pocos hombres en Estados Unidos habían visto alguna vez una foto de desnudo en color; y se sintieron abrumados y avergonzados al comprar Playboy en los quioscos, doblándola con la cubierta hacia dentro cuando se la llevaban”. Era una transgresión, un acto en el que, en medio del puritanismo gringo, los hombres se sentían apenados, qué raro, en un país, que, por otra parte, había arrojado dos bombas atómicas contra las inermes poblaciones de Hiroshima y Nagasaki.

Hefner quiso no solo tener una revista de desnudos, sino, por si fuera poco, poseer a las beldades que habían posado para sus páginas. Unas páginas que, además, traían una entrevista central de gran calado, hecha por escritores y periodistas de lumbre, con gentes de brillo intelectual y creativo. Las entrevistas son antológicas. Ganan, sin embargo, las modelos. Algunas de ellas (a Diane Webber la conocimos tarde) nos erizaron la piel en tiempos en que los misiles alcanzaban las bombillas de la pieza, como lo decía el señor Roth.

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