Por: Uriel Ortiz Soto

Plegaria del toro de lidia

Señores y Señoras de la fiesta brava:

Encontrándome en la antesala de la muerte y a pocos minutos de salir al ruedo para ser torturado y finalmente masacrado por mis verdugos, - que se visten con traje de luces-, para satisfacer vuestros instintos sádicos y bestiales, embriagados con licor y vociferaciones; quiero en medio de mi tristeza, angustia y quebranto; llegar a lo más profundo de tus corazones, para pediros en nombre de la divina Providencia y de las nuevas castas becerriles, que recapacitéis, y no sigáis sirviendo de escarmiento para que las presentes y futuras generaciones que están reaccionando a nuestro favor en todos los países del mundo, os tilden de ser vulgares asesinos, disfrazados de admiradores de la fiesta brava, la tauromaquia y el folclor.

En mi plegaria, quiero haceros una breve semblanza de lo que ha sido mi existencia como exponente animal; con la vuestra, como seres humanos y civilizados:

Mi nacimiento fue similar al de vosotros: mi madre tan pronto me expulsó de su vientre, prodigó de mimos y cuidados mi endeble existencia; así como las vuestras que os meció tiernamente en sus cunas y estuvo atenta a defenderos de las inclemencias de las tempestades y del tiempo.

Soy hijo de dos ejemplares: una hermosa hembra de raza  y un bravío  semental, que fueron levantados por sus dueños, para ser el orgullo de la hacienda y la prolongación de su casta pura y bravía.

Mi madre, lo mismo que a vosotros, me alimentó con leche materna, con la diferencia, que sus excedentes los expendía con humildad y mansedumbre, para alimentar a quienes hoy son los verdugos de su propio hijo.

En estos momentos, cuando veo desfilar la cuadrilla que me torturará y finalmente me dará la estocada de la muerte, ante los aplausos y aclamaciones de vosotros, todas las extremidades de mi cuerpo se estremecen por los dolores, vejaciones y vituperios que voy a padecer, a cambio de complaceros.

Lo que más me entristece, es que tuviste el cinismo de pagar un costoso abono para venir a disfrutar de mis torturas y martirios. Yo os desafío a que uno de vosotros que sois disque seres racionales, venga a ocupar mi lugar. Con la seguridad que ninguno lo va aceptar, porque sois cobardes y os habéis dejado influenciar por la sociedad de consumo. 

Qué tristeza saber que son seres humanos, los que desde las graderías gritan embriagados y coléricamente: olé, ole, olé; para motivar a quienes me están martirizando con banderillas, piques  y lanzas, antes de llegar al final de mi vida a través de la estocada final, que muchas veces se convierte en vergonzosos apuñalamientos, cuando el torero de marras no tiene éxito en sus faenas. 

 El encastre, que inicialmente me llenó de orgullo, por ser seleccionado como un bello ejemplar de lidia, muy pronto se convirtió en mi peor martirio. Días posteriores, para demostrar ante los empresarios mi bravura, mis testículos fueron cruzados con alfileres, mis pitones recortados y mis cascos lacerados con el taladro del dolor y la desesperación; mis ojos antes de salir al ruedo, son blindados con diferentes sustancias para procurar que con mi visión ya borrosa, se haga menos peligrosa la actividad de mis torturadores y asesinos.

 Finalmente, agradezco al Dios de los animales, que es el mismo vuestro, haber iluminado a los Magistrados de la Honorable Corte Constitucional, expedir un fallo de suma inteligencia y perdurabilidad. La fiesta brava, las riñas de gallos y otras prácticas salvajes contra los animales, aplicada en su sana lógica, prácticamente han quedado heridas de muerte. Que no se hagan muchas ilusiones sus empresarios, les va a llegar el momento de las vacas flacas. Confiamos en quienes nos defienden, que el fallo, lo van a hacer cumplir, y si de no violar la ley se trata, todas estas prácticas inhumanas, han quedado tan maltrecha, que gradualmente irán desapareciendo en lenta agonía, hasta llegarles la estocada final.  

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