Por: María Antonieta Solórzano

¿Plenos y con el mundo a cuestas?

Sabemos que la plenitud interior tiene que ver con que la inevitable muerte nos encuentre ligeros de equipaje, viviendo en ese lugar donde tenemos el coraje de creer en lo que no vemos. Sin deudas materiales ni espirituales que comprometan a nuestros descendientes.

Si maltratamos o fuimos injustos ya reparamos el daño, si fuimos lastimados ya sanamos la herida. Sin que los símbolos de poder o los bienes materiales nos hayan confundido imaginando que nuestro valor pasa por la posesión de uno u otro.

Sin embargo, hay épocas en las que sentimos el peso del mundo en nuestra espalda. En esos momentos la vida se nos antoja como navegar en medio de una tempestad con el viento en contra. Las urgencias económicas nos agobian, la enfermedad nos quita fuerza, los amigos nos traicionan, nuestro compromiso con la tarea o la misión no logra el reconocimiento y, más fuerte aún, el contacto con la diaria indolencia de la humanidad nos quita la fe en un mundo mejor.

La desesperación y la tristeza se unen y nos preguntamos: ¿Qué hago en este mundo? No encuentro mi lugar, nada parece tener sentido.

Algunos que pretenden rescatarnos afirman: la vida es así. Nos muestran que estamos equivocados, que somos utópicos o, peor, muy sensibles y vulnerables.

Ellos son distintos. La vida nunca les queda grande, son prácticos y pragmáticos, creen en la supervivencia del más fuerte, triunfa el que no tiene hígados para acabar con el otro. Y ellos, desde luego, son ganadores.

Otros, más comprensivamente, nos dicen: no hay dolor que dure cien años ni cuerpo que lo resiste. El desenlace no puede ser más claro.

Algunos más nos enseñan que la vida que tienes te la has creado tú, eres el único responsable de la desesperación que estás viviendo.

Lo claro es que para la noche oscura de nuestra alma, todos estos planteamientos resultan verdades a medias, ni son totalmente falsos ni totalmente ciertos. Pero, sobre todo, no nos alivian.

Y es que, cuando llevamos el mundo a cuestas, resulta difícil sentirnos plenos si la seguridad económica, la valoración de lo que somos, el consuelo en la enfermedad o la conciencia de que somos dignos de ser amados, lejos de ser un derecho, parece un asunto de la suerte.

Para estar ligeros de equipaje y creer en lo que no vemos, nos hacen falta compañeros de camino, seres para quienes nuestra sensibilidad sea un estímulo. Personas que al tomar nuestra mano también crean que se vale buscar un mundo donde el amor regule las relaciones, almas que anhelen dar un abrazo al que siente vulnerable porque no pretende ser un ganador.

 

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