Por: Esteban Carlos Mejía

Plumas como espadas

VOY AL TEATRO CON MI AMIGA ISAbel Barragán. Angelitos empantanados, de Andrés Caicedo, por el Matacandelas, quizás el grupo más contestatario de Medellín.

Estas noches de Medallo: balaceras y machetazos en las comunas, atracadores en los parques, buseros sin buses, bares y cantinas repletos, lágrimas, risas, aplausos, ¡qué paradoja! Así también Isabel: hoy está vestida a lo canciller, traje sastre negro y sandalias a tono, muy aseñorada, sólo que no se ha abrochado los tres primeros botones de la camisa blanca, con lo que sus pechos divinos... ¡ay! Va por las boletas y yo aprovecho para esculcarle el bolso, lo prohibido es imán, nunca tabú. No me fijo en las bisuterías de maquillaje ni en los condones (¿lubricados o saborizados?), allá el marido. “¿Cómo se te ocurre?”, dice, escandalizada, y me arrebata la cartera. Tres libros se desparraman sobre la mesa, pequeños, no más de 300 páginas cada uno, ediciones pulcras y manejables, mera crítica literaria.

Finjo sarcasmo al ver Desocupado lector: “¿Tú leyendo a Cobo Borda?”. “¿Por qué no?”, replica, con acritud. “Me encanta su escepticismo crítico sobre la literatura colombiana. Y no menos me fascinan sus aproximaciones heterodoxas a la poesía hispanoamericana”. “Tiene fama de dogmático...”, digo. “¿Sí? ¿Entre quiénes? Para mí, es un puente de Baldomero Sanín Cano, Ernesto Volkening y Hernando Valencia Goelkel, lectores insaciables, críticos puros, hechos a pulso, a Seymour Menton, Jacques Gilard y Raymond Williams, más tecnócratas aunque igualmente lúcidos”. Agacho la cabeza. “Y sus semblanzas son una dicha. En este libro son inolvidables, por ejemplo, los retratos de Jorge Isaacs, Germán Arciniegas, Nicolás Gómez Dávila, Manuel Mejía Vallejo y Karl Buchholz. Además, mijito, Cobo Borda puede ‘decir todo lo que le dé la gana, que para eso es poeta’, como dice Jaime Jaramillo Escobar, el nunca bien ponderado X-504”.

Hojeo el otro libro, El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sábato, un clásico de 1961. “La verdad, estoy intrigada por la crítica literaria”, dice Isabel. “¿De dónde viene? ¿Para dónde va? ¿Por qué un novelista como Sábato o un poeta como Cobo Borda dedican su inteligencia y su sensibilidad a comentar las creaciones de otros?”. La miro con intriga. ¿Se habrá vuelto existencialista? ¿Será acaso una moda retro de la universidad en la que trabaja?

El tercer libro es el más reciente y el más delgado, no así su título, Novela histórica en Colombia, 1988-2008. Entre la pompa y el fracaso, de Pablo Montoya, un excelente escritor. “Es una joya”, dice Isabel, y me habla de las virtudes de este apretado y ágil recorrido por las peripecias de la historia novelada, desde El general en su laberinto, de García Márquez, hasta Ursúa, de William Ospina, pasando por Muy Caribe está, de Mario Escobar Velásquez, y Amores sin tregua, de María Cristina Restrepo. De repente, suena el tercer timbre. Recogemos los libros y, sin vacilar, nos metemos al pedregoso laberinto de las criaturas de Andrés Caicedo, Dios nos proteja.

Rabito de paja: “Qué insignificantes, mezquinos y sórdidos aparecen los jefes políticos, ansiosos, inestables, ávidos, en presencia del gran paisaje de dolor que sirve de fondo a sus movimientos”. Abelardo Forero Benavides, circa 1990.

 

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