Pluralismo sí, identarismo no

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Se ha argumentado con mucha razón que el populismo es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Propenso a emerger en épocas de crisis económicas, se alimenta del miedo y de la incertidumbre que crean las crisis, como la pandemia, un miedo que es padre de otra serie de sentimientos como la rabia, la envidia, el racismo, la xenofobia y hasta la misoginia. En situaciones como estas, presos de angustia, para darles sentido a los hechos, los seres humanos somos propensos a buscar culpables con explicaciones elementales que tienden a dicotomizar la sociedad entre buenos y malos, nacionales y extranjeros, puros e impuros, pueblo y élite. Esta condición la comprendió muy bien el jurista nazi Karl Schmidt para crear su teoría de amigo-enemigo, que fundamentalmente argumenta que, para ser exitoso en política, usted tiene que encontrar o inventarse un enemigo a quien aniquilar. Durante las pestes de la Edad Media se quemaron brujas, luego fueron minorías variadas, como los gitanos y los judíos durante muchos siglos. Muy pronto, liderado por Ernesto Laclau, el marxismo latinoamericano se inspiró en este intelectual nazi y tuvo una gran influencia en el populismo de la región, formó a generaciones de seguidores, entre ellos Norberto Ceresole, asesor cercano de Hugo Chávez.

Pero, además del populismo, el “identarismo” o “política de la identidad” está también debilitando a las sociedades democráticas de Occidente. Este fenómeno está basado en la priorización de la acción colectiva que hacen sectores sociales alrededor de identidades como la raza, la etnia, la orientación sexual o el género, a costa de enfoques y políticas de partido más amplias y transversales para toda la sociedad. El origen de esta acción colectiva fue muchas veces noble y legítimo, al luchar contra la discriminación de amplios grupos sociales. El problema surge cuando estos grupos abandonan sus reivindicaciones positivas y su acción se torna negativa, además de abandonar o chocar con los grandes valores de la democracia y la ciudadanía. El profesor de la Universidad de Columbia Mark Lilla ha argumentado que el populismo en Estados Unidos ha estado alimentado, en gran medida, por una creciente creencia de las comunidades blancas, rurales y religiosas del Medio Oeste, en que su identidad está siendo amenazada o ignorada por las élites liberales de las costas y, en particular, por el Partido Demócrata, que se ha limitado a reivindicar los derechos de los afros, los latinos, la comunidad LGBT y otros sectores. En otros lugares el nacionalismo, como el separatismo catalán, ha causado reacciones similares. Por su parte, Giovanni Sartori está en contra de la política de la identidad, que asocia al llamado multiculturalismo, que no es lo mismo que el pluralismo. Mientras el pluralismo reivindica la tolerancia y promueve una “diversidad integrada”, el multiculturalismo promueve una “identidad separada” de cada grupo y a menudo, dice Sartori, la crea, la inventa y la fomenta. En Colombia, la política de la identidad no es una amenaza tan grande como en otras partes, pero debemos estar atentos. Como el nazismo y el fascismo, por ahora, nuestras grandes amenazas son los grupos alzados en armas, la dictadura de Maduro y el populismo, que tienen como amigos a quienes comparten su proyecto autocrático y dictatorial, y como enemigos a quienes defienden los valores de la sociedad abierta, la democracia liberal y la economía de mercado.

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