Por: Ciudades invisibles

Pobre ciudad, pobres ciudades

La ciudad es el habitáculo de vida para las mayorías en nuestro país, la casa grande que heredamos como un legado cultural que ojalá cedamos calificado a las generaciones por venir.

Así muchos quieran creer lo contrario, no es coto de caza para especuladores ni botín de politiqueros, tampoco una inevitable adversidad social y, mucho menos, la montonera de edificaciones en que intentan convertirla las oficinas de planeación y los urbanizadores sin corazón.

El actual remozamiento de la conciencia ciudadana contrasta con la degradación notable de la formación y el ejercicio profesional de la arquitectura, agazapada en la proliferación de mediocres negocios de enseñanza que prosperan ante la indolencia estatal.

El desconcierto generalizado se nutre del desarraigo cultural, de la levedad ética y del afán desmedido e iluso de fama personal, pestes contemporáneas que sacrifican legiones enteras de arquitectos, hoy más ansiosos por publicar sus estridencias en la última revista de pornografía arquitectónica, que en desplegar su trabajo como una tarea que cobra sentido como proyecto colectivo.

Si en el frente académico, profesional y gremial de los arquitectos campea la incompetencia, no debe sorprendernos la ligereza con la cual la mayoría de candidatos a alcaldes afrontan los temas de la movilidad y el espacio público, del desarrollo territorial o la calidad de vida urbana y, en general, de la crucial construcción de ciudad y de ciudadanía en nuestro país.

Sin evidencia alguna de programas políticos respaldados en especialistas solventes o en visiones estratégicas a mediano y largo plazo, hemos de reconocer que a los futuros alcaldes poco les duele la ciudad. Los inciertos destellos de sus raquíticas campañas, limitadas a la miope reiteración de efectismos electoreros o a la condena de bochornosas prácticas corruptas —un imperativo ético tornado ahora virtud—, no ocultan las sombras que perfilan con nitidez el común abrevadero de su impericia e improvisación.

*Sergio Trujillo J.

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