Por: Diana Castro Benetti

Poderes

Poderes hay varios. Unos más evidentes que otros, unos poco efectivos y muchos bien inútiles.

Cada poder tiene lo suyo, pasando por ideas, sensaciones, ámbitos de indiscreción, armas o sonrisas y silencios. Casi siempre, los poderes grandes callan y los pequeños sacan callos.

El poder puede ser de una vía o enmarañado. Muchas veces ni es un cargo ni un apellido, pero sí convive con las maneras de hablar, de caminar o de quedarse en la retaguardia. Los poderes no aumentan ni quitan ni son de un solo alguien. Se hace pequeño cuando grita y aumenta cuando a todos los silencia. Si el poder no opina, hay que cuidarse, y si opina demasiado, mejor ni escuchar. Son muchos los poderes de terrenos que amplían visión y pocos los poderes celestiales que llegan a ser puros. El poder construye y destruye sabidurías, personas e ideales. Hay quienes son sabios en el poder y los hay tan estúpidos que hasta llegan a considerarse poderosos. Poderes de unos sobre otros que circulan y construyen o perturban hasta la personalidad más enérgica.

Hay poder en los sueños o en los parques, en la naturaleza y los mares y aún más en el insecto que pica. Hay poderes asociados a la rectitud, al compromiso y a la disciplina. Los hay llenos de desorden o de intenciones non gratas. Cada poder tiene su ropaje, influencia y un espacio donde opera y, también, donde cae, se hace viejo y muere. Hay poderes interiores mezclados con vuelos de chamanes y visiones del más allá donde es otro quien tiene el poder al opinar sobre destinos. Se le reclama al poder o se reclama el poder aunque cuando es difuso es más poderoso. Tiene siempre efectos variados porque enferma o sana o envenena y adula. Cada quien lo experimenta desde su extravagancia.

Pero el poder no es sino una relación como la que hay entre unos y otros, entre esto y lo otro, entre lo que deseamos y lo que obtenemos. Se mueve, se muda y si se toma del brazo para acatarlo, corroe en silencio. Casi siempre sobreviven el poder de los amores aunque esclavos de las pasiones y de los apegos. No hay poder inocuo ni su acción es siempre diabólica. Es simplemente el reflejo de cómo respiramos, dónde y con quién. No se salva del peligro de la presencia ni de la fuerza de los ímpetus. Y, en últimas, es bien cierto que aunque el poder luche por su libertad pocas veces tiene la capacidad de cruzarse con ella.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

El estallido

Todo toma tiempo

Una perversión

El don

El querido diario