Mujeres del Putumayo transforman el territorio lejos de la coca

hace 6 mins
Por: Mario Méndez
Carta abierta a Jaime Garzón

Poderes mezquinos

Hasta la dignidad indígena ha marchado por las calles en cruzada de inaplazable rechazo a las políticas que hacen de Colombia un paraíso de la desigualdad. El 21 de noviembre desfilaron multitudes para pedir cambios. Como signo visible de este país en la calle, sobresalen los jóvenes, con pancartas y gritos que recuerdan el Mayo del 68 en Francia. Universitarias, trabajadoras, amas de casa, profesionales, en medio de conciertos musicales, le dan color a la protesta que el Gobierno califica como acciones organizadas por Nicolás Maduro, con injerencia rusa, y hasta le achacan a Petro lo que pasa. ¡Qué necio establecimiento! En vez de reconocer el carácter de las demandas, se buscan duendes del desorden.

A regañadientes, el presidente ofrece una “conversación” nacional, no “diálogo”, como buscando que todo termine en un mamagallístico blablablá. Mientras, los líderes de la protesta exigen negociación. Desde la primera reunión, están en la mesa los grupos económicos, que no dan muestras de aflojar, como sí ha ocurrido en Chile, por ejemplo, donde el empresariado reconoció que es imperioso bajarle su voracidad al capital para lograr una más justa distribución del ingreso.

Otros factores dentro de los acontecimientos se dan en los rumores de vandalismo programado para altas horas en sectores residenciales, y algunos videos muestran gente sospechosa en camiones, rondando por los barrios ya cerca del toque de queda. Igualmente, el bandidaje contra los servicios e instalaciones de transporte, como Transmilenio en Bogotá, dejan ver que “algo huele mal en Dinamarca”, y la gente no come cuento y agudiza su olfato suspicaz.

Vienen ahora a la memoria las recomendaciones que el padre Louis-Joseph Lebret, economista francés, le hacía en 1955 a la clase dirigente nacional para que se modificaran las condiciones económicas concretas, adversas para amplias capas de la población. De lo contrario, decía la Misión Lebret, pudieran presentarse hechos dolorosos. La respuesta: expulsar a Lebret. De modo que la posición defensiva del sistema ha sido siempre desconocer las razones del malestar, ahora culpando de la movilización a los dirigentes que más le quitan el sueño.

Además, como en otros casos, la respuesta incluye medidas policivas, extremas a veces, con muertos por el uso desmedido de la fuerza. Esta práctica contumaz también se ve en el manejo de expresiones delincuenciales que se explican a la luz de la marginalidad social en que se hunden vastos sectores sociales, frente a los cuales se pretende erradicarlas a punta de bolillo y algo más. Pero de políticas serias, como lo pensaría un estadista, ¡nanay! En cambio, hay resistencia a entender que el desarrollo económico se debe traducir en desarrollo social.

Ante la ceguera, conviene recomendar que el Gobierno lea desprevenidamente al destacado francés Thomas Piketty, que pone el cerebro en el asunto cuando advierte, con bases históricas, los estragos de la inercia de la economía, que debe cambiar su rumbo para que la torta de la producción llegue a sectores hoy hundidos en la insatisfacción social. A la luz de la realidad política, no se trata de instaurar una forma de socialismo, sino de que haya un mínimo siquiera de justicia social para quienes ya no aguantan más.

Tris más 1. ¿Estará la vice Marta Lucía acusando a los albañiles bogotanos de avivar la protesta social?

Tris más 2. ¿Qué clase de país anhelan los asesinos de Lucy Villarreal, lideresa tumaqueña? ¡Pobre Colombia!

* Sociólogo, Universidad Nacional.

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2019-12-30T00:00:04-05:00

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