Por: Eduardo Barajas Sandoval

¿Podrán descarrilar el tren?

Con tremenda arremetida, primero dispersa y ahora concertada, protagonistas políticos de un populismo de nuevo cuño, en su mayoría recién llegados, vociferan con la idea de representar a su manera los “intereses nacionales” y pretenden convertirse en factor decisivo en la única instancia de elección popular de la Unión Europea.

Las elecciones al Parlamento Europeo son, después de las de la India, la justa electoral que convoca al mayor número de ciudadanos del mundo, para que expresen su voluntad política a través de las urnas. Así, del jueves al domingo de esta semana, los votantes decidirán la composición de la Cámara que, en apariencia, sería el reflejo de las preferencias de una comunidad de votantes que, con mayor o menor entusiasmo, decidirán sobre la composición de un organismo que puede marcar el rumbo del esfuerzo más grande por mantener en paz a un continente que, a pesar de las apariencias actuales, ha sido particularmente violento.

Desde 1979, dos veces cada década, cerca de 400 millones de electores tienen la posibilidad de votar por candidatos al Parlamento Europeo. En las primeras ocasiones, y en no pocas de las que les siguieron, el entusiasmo no fue desbordante a la hora de este tipo de comicios, destinados a fines un poco lejanos de la cotidianidad de los electores. La situación es hoy bien diferente: la orientación del Parlamento comunitario despierta ahora mayores emociones y ha movilizado a los partidos políticos para que traten de conseguir los mejores resultados, a fin de incidir institucionalmente, no solo con el discurso, en el contenido de la agenda continental, con todo lo que ello implica.

Las cosas se han presentado de tal manera en los últimos años que ahora sí hay quienes consideren que la elección de esta semana será un momento decisivo en el destino de Europa. Tal vez, dicen, el más importante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, que tuvo por protagonistas a los antecesores de los políticos de hoy. Así, en razón de la súbita importancia del voto, el debate se desarrolla entre extremos en pro y en contra del invento de la Unión, tal como fue concebida.

El presidente francés se ha declarado, y querido convertir, en el “campeón de la causa europea”, definida por los fundadores de la Unión. En esa tarea se ha venido a sumar a la canciller alemana, que llegó a marcar con su estilo neoliberal el ritmo de la Europa comunitaria, como quedó demostrado con las exigencias a Grecia, brutales al gusto de la socialdemocracia, pero música celestial para los ortodoxos amigos de las fórmulas típicas del liberalismo despiadado.

Ahora hay otros puntos de vista, y otros actores, que quieren tomar el relevo en favor de una idea que comenzó por la propuesta de disolver el esquema comunitario y ahora se transa por transformarlo. Su discurso, como lo proclama uno de sus líderes, el vice primer ministro del gobierno italiano, Matteo Salvini, plantea las cosas como “un referendo que enfrenta a la Europa de las élites, los bancos y el poder financiero, la inmigración apabullante y la postración de los sectores sociales desprotegidos, contra la Europa del pueblo y el trabajo”. Términos discursivos que atraen a quienes son fácilmente víctimas del desencanto con un sistema que les queda mal en su entendimiento de la vida cotidiana.

Abrazados en manifestación de unidad, y con el propósito de cambiar juntos las cosas, Salvini aparece acompañado de Marine Le Pen, de la extrema derecha francesa, que ahora se hace llamar Agrupamiento por Francia en lugar de Frente Nacional, derrotado en dos ocasiones presidenciales. Pero también están allí los representantes de Alternativa para Alemania, que resucita una derecha implacable y no vista en la posguerra, así como los partidarios de Viktor Orbán, que reniega abiertamente de la democracia liberal y quiere una que no lleve ese calificativo sino uno que signifique lo contrario. Además de adherentes en Austria, Holanda, el Reino Unido, que todavía participa en las elecciones, y otros países.

Las encuestas indican que, salvo sorpresas como la de las elecciones australianas, donde salieron desvirtuados todos los cálculos de los encuestadores, el avance de la derecha populista puede llegar a convertirla en factor ahora sí a tener en cuenta en los debates sobre el futuro de la Unión, y de la vida europea. Debate que requiere particular sabiduría en momentos marcados por el accidente político del brexit, la necesidad de una respuesta acertada a la posición de Rusia en el contexto continental, las migraciones, el agigantamiento de la muralla china y la incertidumbre del liderazgo, también populista, oportunista, superficial e impredecible, de los Estados Unidos, que trae consecuencias en todos los campos.

Al acudir a las urnas, los electores europeos tendrán esta vez una responsabilidad mayor que la de otras oportunidades. Lo harán con más conciencia sobre la trascendencia del momento. Pondrán a prueba su criterio sobre lo que mejor pueda convenir a su destino. Siempre con el riesgo de equivocarse. Mientras el resto del mundo, que ha heredado diversos beneficios democráticos fruto de las contradicciones de la experiencia europea, observa si aquellos desaforados nacionalistas son capaces, ojalá no, de descarrilar el tren de un experimento de armonía, como el de la Unión Europea, que por defectos que tenga constituye un paradigma mejorable, pero siempre digno de mantener.

 

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