Por: Juan David Ochoa

Podredumbre

Con la muerte de María del Pilar Hurtado, la cuenta del exterminio asciende y las cifras superan su propia aberración, una vez más, entre el mismo silencio y el mismo espasmo de una sociedad acostumbrada a su podredumbre. La respuesta gubernamental sigue siendo distante y abstraída, como ante un escándalo superficial y repentino al otro lado del hemisferio, tres días después de las reacciones de una comunidad internacional atravesada por el espanto. El protocolo de choque frente al escándalo sigue siendo igual: una promesa de investigación que siempre se evapora entre el hedor y el cúmulo de otras truculencias. Sus urgencias logísticas ante el genocidio no son las mismas que tiene el lobby en el Congreso para avalar proyectos del Ministerio de Hacienda y no tienen la misma indignación que tiene todo el gabinete ante las decisiones de las Cortes frente a sus políticas. Los muertos no tienen el estatus suficiente y no proceden de un estrato que les despierte temor por la cercanía del peligro. Los muertos siguen siendo lejanos y sin nombres sonoros, sin apellidos de tradición, sin parentesco que les signifique empatía. Los muertos siguen siendo los mismos de esa guerra extraña al otro lado del ruido, en esa selva maloliente sin votos potenciales y sin posibilidad de amedrentar sus proyecciones, sus círculos de viejos pactos y juramentos.

Indignarse por ellos sería entregarles una importancia y una visualización inconveniente para la misma tradición de un dominio limitado y controlable de regiones conocidas. Esos pueblos con nombres increíbles pueden seguir así, entre el anonimato y la mordaza de sus habitantes aplastados mientras persista el poder entre sus mundos conocidos. Los asesinos tienen un nombre familiar entre esta historia reciente de matanzas. Las Águilas Negras han lanzado panfletos en las noches de todos los pueblos desde siempre sin que el Estado les haya hecho una sola advertencia. Nunca un cabecilla ha sido capturado, nunca han perseguido sus mapas jerárquicos y nadie ha escuchado sus alias, sus posibles zonas de concentración, sus rutas de encubrimiento, sus modus operandi. El ministro de Defensa, tan recio y tan rudo, nunca ha hecho una sola mención de esta franquicia de asesinos que mata a discreción y de frente, sin miedo y sin temblor. Los muertos caen amenazados por ellos y la respuesta sigue siendo revictimizante, aduciendo causas maritales o deudas sin pagar. Si los muertos tuvieran apellidos y cayeran en Rosales, en el Barrio El Golf de Barranquilla o en Ciudad Jardín en Cali, el espanto y la indignación gubernamental serían rimbombantes. Las cadenas de mando empezarían a formalizar los días límites de respuesta y los plazos con resultados a presión, como suelen ser todas las acciones de un gobierno nostálgico de cuarteles y caballerizas. Pero los muertos son negros o indígenas y tienen el perfil tradicional de todos los que han sido acribillados por una guerra de televisión. Llorar por ellos sería además posicionar sus búsquedas y sus preguntas incómodas. La tierra y sus enormes hectáreas robadas sería una notica insistente y fatal para la honra de las herencias sagradas que recibieron por la gracia de ese otro exterminio que también se olvidó.

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2019-06-29T03:44:00-05:00

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