Por: Armando Montenegro

¿Podría pasar en Colombia?

Para pensar si Colombia podría ser víctima de un movimiento separatista es útil considerar ciertos ingredientes de algunas de esas iniciativas recientes: (i) las experiencias del brexit y Cataluña muestran que se requiere de una crisis que catalice el descontento de una región frente a un ejecutivo central débil, impopular, desconectado de los intereses de sus gobernados; (ii) el otro elemento fundamental es la participación de políticos irresponsables, que inflaman los sentimientos nacionalistas y emprenden la aventura de la secesión para tratar de convertirse en los padres de su nueva patria; (iii) puesto que, inicialmente, la independencia no convoca a las mayorías, los movimientos separatistas crecen y se llenan de ímpetu con las maniobras demagógicas y, especialmente, las mentiras de los políticos, quienes inventan o exageran los mensajes de que sus regiones han sido abusadas y victimizadas por el Gobierno Nacional (eso sí, es evidente que, por más mentirosos que sean, los líderes trabajan sobre el terreno abonado de realidades históricas innegables como las aspiraciones autonómicas frustradas y los conflictos mal resueltos con el Estado central, cuestiones que, en mayor o en menor medida, existen en casi todos los países).

Se sabe que en Colombia el clima, el paisaje, el lenguaje, la historia y la cultura mantienen diferencias notables en sus distintas regiones. Existen evidencias, sin embargo, de que, con el paso de los años, el desarrollo de las comunicaciones, la televisión y la radio, la construcción de carreteras, las migraciones internas y la integración de los mercados, el país se ha homogeneizado y han disminuido algunas de las diferencias regionales. A pesar de este hecho y de las reformas descentralistas de los últimos 30 años, subsisten distintas formas de regionalismo, ciertos resentimientos locales y percepciones de “abandono” de la periferia que, de cuando en cuando, son explotados por políticos locales.

Hay dos factores claves, presentes en Escocia y Cataluña, que no existen en Colombia: (i) de acuerdo con sus formas de expresión política, las aspiraciones de nuestras regiones no son independentistas, sino reivindicativas; tratan, ante todo, de alcanzar alguna autonomía adicional para sus dirigentes y, sobre todo, conseguir más recursos del centro (que gastarían sus políticos), ya que, con razón, comprenden que con su tributación local, en caso de lograr la independencia, estas regiones serían perdedoras netas (todo lo contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Cataluña, que se considera fiscalmente explotada por el resto de España); y (ii) por su carácter excesivamente local, los movimientos regionalistas colombianos, aparte de sus aspiraciones de recursos, carecen de propuestas de alguna ambición y, sobre todo, no exhiben una visión internacional (los de Cataluña y Escocia, por el contrario, insisten en su vocación europea, y su integración a la globalización).

Parecería entonces que, por ahora, no existen condiciones para una aventura independentista en nuestro medio. Sin embargo, la rapidez con que evolucionó el movimiento reciente de Cataluña, la incapacidad que podría llegar a tener el Gobierno Nacional y la facilidad de manipulación de ciertos políticos regionales deberían hacernos concluir que no se puede descartar alguna sorpresa en el futuro.

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