Por: Pascual Gaviria

Poema colgante

SUS TORRES INSPIRARON BENDIciones exaltadas en los diarios y en la hoja de los poetas. El New York Daily Tribune dijo que levantarlas había sido “la mayor tarea civil jamás emprendida por el hombre”, una burla para los obstáculos y las distancias impuestas por Dios.

The Sun habló de la “conciliación” entre la tecnología y el espíritu. José Martí, en su crónica escrita para La América, remató el sermón con el tono desorbitado del predicador: “Parecen los dos arcos poderosos, abiertos en la parte alta de la torre, como las puertas de un mundo grandioso, que alegra el espíritu; se sienten, en presencia de aquel gigantesco sustentáculo, sumisiones de agradecimiento, consejos de majestad, y como si en el interior de nuestra mente, religiosamente conmovida, se levantasen cumbres”.

No era para menos. El puente de Brooklyn había resuelto una paradoja: sacar a Manhattan, el recién erigido centro del mundo, de su condición de insularidad. Martí no podía entender que esa “corona, esa lira, ese abanico” flotara sobre Nueva York, y en su intento por explicarlo logró hacerse ilegible. Además de sus oraciones a los “tornillos gruesos como árboles, y retorcidos y agigantados”, buscó describir la maravilla recurriendo a todas las metáforas posibles al reino animal: Caballos, águilas, arañas, pulpos, gusanos, hormigas y hasta los colmillos de un mamut sirvieron para mostrar las “altísimas cuerdas de alambre” que sostenían la plataforma.

Cuando José Martí escribió su crónica apenas había pasado un mes desde la apertura del puente, los habitantes de las “dos ciudades”, Brooklyn y Manhattan, lo cruzaban entre “, asombros, chistes, genialidades y canciones”. Seis meses después todavía era momento para gracias: una mujer que simuló saltar, usando sus faldas como paracaídas suficiente, provocó una estampida con doce muertos enredados entre los cables laterales. Ni siquiera caminar era sencillo sobre el puente que hacía que los cronistas mencionaran a Egipto y a Tebas y a Troya.

No se podrá decir que era cosa de americanos mareados con su gusto por el acero y los espejismos de su ciencia. Ni puro embeleso de los primeros pasos. Años después, cuando los carruajes, los carros rojos del correo, los coches suntuosos, los caballos montados a pelo y la simple turba caminante aprendió a cruzar, Mayakovski, otro blasfemo de América, le recibió el testimonio a Martí para cantarle al puente, incluso retomó sus arrebatos geológicos: “Si llegase el fin del mundo, / el caos pondría el planeta patas arriba / y sólo quedaría este puente encabritado sobre el polvo de la ruina…/ con ese puente el geólogo de los siglos podrá reconstruir nuestro presente. / Dirá entonces: esta pata de acero unía mares y praderas, / desde aquí Europa se lanzaba al Oeste aventando plumas indias. / Aquella costilla parece una máquina / por los cables del tejido eléctrico deduzco: era la época posterior al vapor. / Aquí la gente ya gritaba por radio, aquí la gente ya volaba en aeroplano. / Aquí la vida era despreocupación para unos, un prolongado grito de hambre para otros. / Aquí los parados se tiraban de cabeza al Hudson”. La historia dirá que el primero que se lanzó lo hizo detrás de una apuesta en metálico y sobrevivió. Mucho antes de que Ginsberg pusiera a algunas de las mejores cabezas de su generación a saltar desde la misma plataforma.

Pero hace falta un poeta que convierta al puente en símbolo de todas las leyendas de América, que lo use como pretexto para cantar la historia desde Pocahontas hasta el prodigio de los taladros. Hart Crane, otro suicida como Mayiakovski, buscó la habitación desde donde el director de la obra había vigilado su milagro, años después rondó el puente desde esa misma ventana y continuó con la faena: “De tus cables que ciegan, y para nuestro gozo, de tu blanca prisión se alza la profecía: a través de tus cuerdas, secuela de argentadas pirámides, el tierno nombre de Dios, agitado de blancas alas sonoras… sube”.  Crane usó el puente para seguir a Whitman y a Elliot, perdió el paso pero logró que las cenizas de su madre volaran hacia el East River.

No pasará el tiempo de la exaltación frente al Puente de Brooklyn. La caminada de Antonio Muñoz Molina, un escritor lejano a la hipérbole, se sigue pareciéndose a los pasos de Martí: “Cruzamos mientras el viento del océano silbaba en los cables de acero, tensos y tupidos como cuerdas de arpa, y nosotros mirábamos el río y los puentes y el perfil de la ciudad desde una perspectiva elevada e ingrávida de equilibristas o de pájaros”.

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