Por: Alvaro Forero Tascón

Polarización (I)

Nadie discute que las elecciones presidenciales polarizaron a Colombia. La pregunta es si esa polarización es coyuntural, o si seguirá profundizándose.

Creo lo segundo y que aún no hemos visto los profundos efectos que produce la polarización sobre la política y la sociedad.

Un estudio reciente en Estados Unidos mostró que la agria polarización entre republicanos y demócratas ha implicado que en los últimos 20 años la porción de estadounidenses que expresan opiniones consistentemente conservadoras o liberales ha aumentado hasta llegar al 20% de la población; que la antipatía partidista que sienten republicanos y demócratas entre sí, ha aumentado de alrededor del 15% a cerca del 40%; y que el número de estadounidenses que se proclaman de centro se ha reducido en 10%.

Durante las últimas décadas se dijo que el sistema político colombiano no incluía verdaderas diferencias entre los principales partidos políticos. Se atribuía el consensualismo al bipartidismo, y sobretodo al Frente Nacional. La Constitución de 1991 trató de “solucionar” el problema abriendo espacios para que hubiera mayor competencia política. Surgieron innumerables partidos políticos, pero eso no redujo la ambigüedad política. A pesar de que el Polo Democrático aprovechó el conservadurismo del gobierno Uribe para perfilar sus diferencias y consolidarse como un partido de oposición de izquierda, por su tamaño no llegó a polarizar la política en bloques equivalentes.

La polarización, tan común a la política bipartidista colombiana de la primera mitad del siglo pasado, y tan ajena durante la segunda mitad, regresó de la mano de Álvaro Uribe, a los pocos meses del inicio del gobierno Santos. Empezó como una polarización de “elites” —como se denomina a la que se da entre partidos o dirigentes políticos— y con la campaña electoral se convirtió en polarización popular —como se le llama cuando abarca a porciones grandes de la ciudadanía—. Aunque apenas comienza, por su intensidad se parece ya a la polarización norteamericana, caracterizada por la división entre estados rojos y estados azules. El mapa electoral colombiano quedó dividido claramente entre departamentos uribistas y santistas. Los andinos del centro del país (de influencia “paisa” según Mauricio García) con Uribe, y la periferia —las costas, el oriente y Bogotá— con Santos, en muchos casos con uno de los dos candidatos ganando por ventajas apreciables. Se trata en el fondo de una polarización entre el modelo político institucionalista que representa Santos, y el caudillista que representaba Óscar Iván Zuluaga a nombre de Uribe.

Uribe atacó con fiereza al gobierno Santos durante los últimos dos años, pero solo con la campaña electoral y su bandera populista contra las negociaciones de paz logró polarizar a la ciudadanía. Uribe viene desde hace años usando las tácticas con que el partido republicano estadounidense dividió al electorado en su favor, incluidas las que algunos analistas estadounidenses han denominado “la guerra de guerrillas” de Newt Gingrich, un exitoso jefe político republicano de los noventas. Quizá por eso Uribe fue escogido para ser parte del consejo directivo de la empresa de comunicaciones Fox, portaestandarte de la feroz polarización mediática de la política estadounidense.

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