Por: Santiago Gamboa

Polarizados, obviamente

Siguiendo la temperatura y los avatares políticos de nuestra República, la conclusión es que este país es un paciente bipolar con dos caras no sólo completamente diferentes, sino radicalmente opuestas. Y por ser opuestas, la tolerancia de una hacia la otra es muy poca. Sólo se soportan pacíficamente cuando las aguas están calmadas, pero apenas surge algo que irrite el debate nacional, estalla el conflicto de un modo violento, grosero y cínico, y entonces lo que se aprecia es que esas dos mitades no sólo se culpan mutuamente de todos los males, se insultan y se agreden, sino que pura y simplemente se odian. Una mitad es el espejo rabioso de la otra. Terminada la guerra con las Farc, que al ser un tercero en discordia daba la sensación de que la sociedad civil estaba más o menos unida, hemos visto que no, pues el verdadero conflicto político de este país sigue allí, intacto, desde la Guerra de los Mil Días hasta hoy, pasando por la violencia liberal conservadora de los años 50 y el Frente Nacional.

En efecto, la primera consecuencia de los acuerdos de paz ha sido mostrarnos que la Colombia dividida del laureanismo y del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán aún está vivita y coleando. Hoy a eso se le llama polarización, pero es el mismo país escindido, y como los tiempos han cambiado ya no hay un monseñor Builes llamando desde los púlpitos a matar liberales y bendiciendo las armas conservadoras, ni grupos de “pájaros” marcando casas liberales para quemarlas. Claro que no. Hoy nadie llama en público a matar a nadie, y las acciones violentas de los remanentes del paramilitarismo o de la insurgencia son más o menos condenadas por todos. Pero el discurso de odio sí es el mismo. De un lado una Colombia conservadora y ultracatólica, que quiere permanecer en la tradición sin que se mueva una brizna de hierba, y del otro una fuerza de progreso, que quiere una sociedad más justa y equitativa en la que quepan todos, con sus diferencias no sólo regionales y culturales, sino incluso con la diversidad familiar y sexual.

Pero hay algo más, pues estas dos facciones tienen una manzana de la discordia desde hace 200 años y que, en última instancia, es la pelea de fondo: la propiedad de la tierra y los derechos adquiridos sobre ella. Esa gran bendición de este país que, al mismo tiempo, ha sido su gran tragedia. ¡La bendita tierra! Basta ver hoy, a la luz de las recientes investigaciones de la Contraloría, cómo uno de los sospechosos de acumulación ilegal de baldíos es nada menos que el expresidente Álvaro Uribe, el mismo que regularmente alborota a su mitad de Colombia contra la ley de devolución de tierras (acusando de guerrilleros a los campesinos despojados), y por supuesto al proceso de paz, que él quiere ver y denuncia como un peligro para la propiedad (lo que no es), y esto con el fin de mantener encendido el odio en el país por otros 12 meses, imprescindible para sus aspiraciones de poder en el 2018.

Dos colombias que se odian, enfrentadas por la tierra. Es lo que somos. Como la España de la Guerra Civil. Por eso pretender que el país no esté polarizado es una utopía, como soñar que en un estadio las dos aficiones enfrentadas opinen lo mismo sobre las decisiones arbitrales.

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