Por: William Ospina

Polemizar

El escritor inglés Gilbert Keith Chesterton empezó la biografía de su gran contradictor diciendo que Bernard Shaw le interesaba por ser un hombre absolutamente coherente, absolutamente serio, y absolutamente equivocado.

Está en esa frase el tono civilizado de los ingleses, siempre capaces de polemizar con respeto, en un país donde lo primero que se le enseña a un policía es que tiene que ser capaz de dejarse escupir por un delincuente sin perder los estribos.

El nuestro es un país mucho más pasional y dogmático. No sólo vivimos al vaivén de los acontecimientos, sino que a menudo no nos interesamos en los temas para descubrir algo nuevo sino para confirmar nuestros prejuicios. Una cumbre de presidentes histórica sólo sirve para ponernos a hablar noche y día sobre la prostitución. Un debate sobre el marco legal para la paz puede terminar siendo la causa de la explosión de una bomba. Los medios no ponen al país a pensar los grandes temas: sólo consiguen atizar las pasiones y desencadenar avalanchas de insultos. Por alguna razón antigua las polémicas se convierten en guerras verbales y acaban dando origen a guerras reales.

Por eso es tan peligrosa la actual campaña de acusaciones recíprocas entre el señor Uribe y el señor Santos: los grandes amigos de ayer, los grandes enemigos de hoy, y muy posiblemente los grandes amigos de mañana. Ellos saben ver el debate como lo que es: un pulso de opiniones para disputarse el fervor de la opinión pública. La política, en el sentido colombiano de la palabra. Pero debajo de esos trinos discurre el río bajo de las pasiones, los apetitos y los grandes intereses. Y hoy como ayer el pueblo corre el riesgo de ser fanatizado por esa retórica.

No suele ocurrir que sean los polemistas quienes ordenan las atrocidades: ellos se encargan de crear el clima verbal, el clima mental, en cuyo seno se gestan los hechos de sangre. Y no se puede culpar a los que opinan, de la intolerancia que convierte en violencia lo que habría debido ser debate.

Padecemos la costumbre de descalificar y perseguir toda opinión contraria, de satanizar al que piensa distinto y tratar de acallarlo. Nuestra deplorable formación religiosa es en gran medida responsable de esa vieja tendencia a la inquisición y la excomunión, y los que ahora sólo rezan y condenan, en otro tiempo alzaban piras y utilizaban tenazas.

Pero ocurre también que, al amparo de esas polémicas, otros actores, que no están interesados en abrirle camino a un debate ni a una verdad, aprovechan para arrojar leña a la hoguera. Hace poco se reveló que el propio jefe de las autodefensas, el espantoso Carlos Castaño, no estaba interesado en mandar asesinar a Jaime Garzón, sino que fue influenciado por un funcionario menor de los servicios de inteligencia, uno de esos personajillos siniestros de segunda fila que se erigen en defensores a ultranza del orden social, al precio del crimen.

No es que la dirigencia colombiana no haya estimulado campañas criminales y no se haya beneficiado de ellas, pero existe un pequeño fascismo que al amparo de las grandes polémicas y de la oratoria inflamada de los líderes abre paso a sus intereses y sus pequeñas pasiones.

El lenguaje de los dirigentes cumple entonces un papel más bien incandescente y permisivo que estimula a los que temen que el mundo se acabará si alguien persiste en determinado discurso, y creen que el bien consiste en que todos piensen del mismo modo. Un temor medieval nos acostumbró a pensar que las palabras son más peligrosas que los hechos.

Por ello, quienes tienen el privilegio de influir con el lenguaje en sus conciudadanos, tienen una grave responsabilidad: no pueden callarse en nombre de la prudencia, ni pueden exacerbarse en nombre de la libertad; tienen el deber pedagógico de estimular más el pensamiento que las pasiones. Colombia ha sido siempre una sociedad donde el lenguaje tiende a serlo todo. No sólo en tiempos de Uribe Uribe se mataba por las palabras, también ocurrió así en tiempos de Gaitán, en tiempos de Galán, en tiempos de Jaime Garzón.

Una verdadera democracia sería aquella en que uno escuche a Fernando Londoño Hoyos y pueda decirse: qué inteligencia, qué fuerza del lenguaje, qué orden de la exposición, qué respetable trasfondo cultural hay en sus frases, y qué disparate muchas de las cosas que afirma. Y seguir respetándolo, y agradecer que, para bien de la democracia, una persona como él tenga el valor civil y la entereza de decir lo que dice. Porque es en debate leal con quienes piensan distinto como aprendemos a pensar mejor nuestras propias verdades.

En una democracia todo el mundo debe tener derecho a decirlo todo, pero antes de ejercer el privilegio de polemizar a la inglesa tal vez habría que tomarse el trabajo de construir a Inglaterra.

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