Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Policefalia

Un gobierno de dos cabezas es siempre una criatura monstruosa. Arremete o retrocede según los impulsos de cada una de sus testas. Se mueve siempre con recelo frente a su inevitable compañía, las dudas se convierten en su única guía y los secretos, en su tesoro más importante. Las cosas se complican aún más cuando una de las cabezas ha sido coronada y exhibe la soberbia como su más grande virtud. Mientras la cabeza que dice llevar el mando, o al menos tiene la insignia del principal, está acostumbrada a agacharse e incluso a buscar refugio en la caverna del cuello a la manera de las tortugas en peligro. Ese espécimen bicéfalo acaba cada día fatigado y en el mismo lugar, y sus luchas son casi siempre contra sí mismo.

El gobierno del presidente Duque sufre de esta triste anomalía. Las pruebas se repiten semana a semana. Pueden ser simples anécdotas que golpean el ego de la cabeza más frágil. Por ejemplo, sus amigos y compañeros olvidan su nombre y llaman al exótico organismo solo por el apelativo de la testa coronada. Ha pasado con múltiples ministros y con la vicepresidenta que en ocasiones intenta sin éxito ser una tercera cabeza. Pero esos son problemas menores. Hasta el propio presidente ha resignado un discurso propio para entregar los recados y las saludes de la cabeza que lo acompaña y vigila.

Las grandes diferencias han surgido en los temas más graves. El 18 de febrero el presidente Duque dijo muy claro: “Yo no voy a entrar en controversias con la Corte Constitucional, tengo una preocupación, pero desafortunadamente esa preocupación no es objetable porque salió del texto”. Y agregó que era mejor tener ley estatutaria por la necesidad de contar con normas claras y alejar la incertidumbre. Veinte días después estaba firmando las seis objeciones por inconveniencia. Al regaño de su compañera regente se sumó la cabeza retorcida del fiscal general y no quedó más que la obediencia. Un comunicado del Centro Democrático sirvió como gesto para premiar la segunda testuz: “Nos sentimos complacidos de que el presidente Duque esté cumpliendo con lo expresado en campaña”.

Uno de los episodios más tristes para la cabeza taciturna sucedió hace dos semanas. La decisión de la justicia especial sobre Santrich lo tomó desprevenido visitando una feria artesanal en Medellín. Le pusieron su chaqueta de aviador y lo mandaron rumbo a Bogotá a atender los problemas y los consejos. Hizo lo que pudo y viajó a Pasto para reunirse con alcaldes. Pero el fiscal soltó la bomba de su renuncia y de nuevo vino la chaqueta y el regreso a la capital. Alguien debería contarle algunos futuros movimientos a una de las cabezas de gobierno. La idea no puede ser acumular millas.

Desde la orilla de su cabeza mentora vino la idea de la conmoción e incluso de una asamblea constituyente. Ahora la mollera del mandamás tenía el apoyo que se dicta desde el norte. Un avión de la DEA en Bogotá fue una de las cartas. La cabeza visible enfrentaba al tutor, al fiscal, al embajador y a su partido. Pero nos mostraron la foto de su equipo de gobierno tras un escritorio que era en verdad una pequeña trinchera.

La cabeza dominante dice que le gustan las “teorías atrevidas”, extradición por vía administrativa; y le parece “muy sugestiva” la idea de una constituyente. Se trata de debilitar al ahijado para que acate los mandatos con mayor rapidez. Además, mientras el Gobierno niega errores y se enconcha en el caso de las órdenes militares, la cabeza altiva sale a reconocerlos sin temor. Muy pronto queda claro que esa doble crisma terminará en un cisma.

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