Por: Santiago Montenegro

Política de la depredación

ENTRE NOSOTROS ES MUY COMÚN escuchar o leer expresiones del tipo “ahora o nunca”, “todo o nada”, “opresores y oprimidos”, “amigos o enemigos”, “ellos y nosotros”, “leal o traidor”, “los buenos y los malos”.

Son expresiones dicotómicas que tratan de condensar una realidad o una totalidad social con expresiones sencillas, fáciles de entender y de reproducir por la mayoría de la gente. Si bien desde el punto de vista del mercadeo o de la contienda política esta concepción dicotómica del mundo y de la vida puede ser muy efectiva para vender productos, para ganar elecciones, para gobernar o para hacer oposición, es una visión imprecisa o falsa de la realidad y puede llegar a ser muy peligrosa.


Y es muy peligrosa porque, en alguna manera, los humanos tenemos una mentalidad y una corporalidad para entender el mundo de esa forma. Por más sorprendente que parezca, el cerebro y las capacidades mentales que tenemos son fundamentalmente los mismos que tenían los hombres y mujeres que deambulaban por las sabanas africanas hace unos 100 mil años. El mundo era, entonces, mucho más elemental y la supervivencia, más que la vivencia, de los humanos dependía, en gran medida, de acciones que eran dicotómicas. La proximidad de un depredador era cuestión de vida o muerte: o se salía corriendo o se perecía en sus garras. “Lucha o huye, duerme o despierta, aparéate o espera” eran las formas mecánicas adecuadas para sobrevivir con unos dispositivos mentales construidos para generar divisiones simples en dos mitades. Y lo que no se entendía, que eran muchísimas cosas, era magia, hechicería. Pero, con esos mismos cerebros, que ya tenían unas capacidades para lograr acuerdos con los semejantes y para construir estructuras simbólicas del pensamiento impregnadas de significado, los humanos comenzamos a escapar de ese mundo brutal de supervivencia darwiniana y de una razón puramente instrumental, para crear poco a poco otro gobernado, al menos en parte, con convenciones, normas, reglas éticas, instituciones, constituciones, leyes, teorías científicas y muchas más estructuras exosomáticas producto de una razón que fue crecientemente comunicativa. Así, fuimos abandonando la vida dicotómica y, en un larguísimo proceso a base de pruebas y eliminación de errores, fuimos construyendo un mundo lleno de matices, de distintos tonos de grises, plural, tolerante, amigo de la diversidad, consciente de que lo mejor del ser humano se encuentra no sólo en sí mismo, sino en la compañía del error. Pero a nivel individual y colectivo, con frecuencia se producen hechos que nos transportan de regreso a ese mundo de hace 100 milenios. Es, por supuesto, el regreso al lenguaje de la inquisición, del nazismo, de Stalin, del fascismo, de Pol Pot, con todas sus horripilantes consecuencias. Pero, en forma más matizada, es imposible no ver ese lenguaje dicotómico y binario en los elementos extremistas del Tea Party de los Estados Unidos en su discusión con un presidente negro que “no es de los nuestros”. Y entre nosotros, inmersos en otra campaña política, ya se oyen también los llamados a dividir la sociedad en dos mitades, entre los leales y traidores, amigos y enemigos, la paz y la guerra, seguridad e inseguridad. Quizá es inevitable, pero es otra muestra de inmadurez o es el retroceso a la madurez de la era de las cavernas y de la hechicería. ¡Pero qué peligro cuando la política se torna en lucha entre depredadores!

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