Por: Arlene B. Tickner

Política exterior en la sombra

En inglés, la expresión "back seat driver" se utiliza entre jocosamente y con desdeño para referirse a quien siempre quiere estar al timón del automóvil o de la vida cotidiana en general, y es incapaz de dejar que otros conduzcan o tomen decisiones autónomas.

En el contexto político colombiano, luego de haber estado ocho años al mando del país el expresidente Álvaro Uribe se ha convertido en el “back seat driver” más irritante de todos. Hasta ahora, Juan Manuel Santos ha administrado las constantes intromisiones de su antecesor con la necesaria dosis de paciencia y humor que tales comportamientos exigen. Recuerda frecuentemente que su proyecto de gobierno da continuidad y profundiza en los pilares de la política de seguridad democrática y ha reaccionado con tacto a las preocupaciones manifestadas por Uribe sobre su acercamiento con Hugo Chávez y la presencia de las Farc en Venezuela.

Sin embargo, las opiniones de Uribe están llegando a un punto en el que no sólo pueden impacientar al conductor actual de Colombia sino que corren el riesgo de generar choques costosos. Es el caso del anuncio de que el presunto narcotraficante Walid Makled será extraditado a Venezuela y no a Estados Unidos. Más allá de las explicaciones jurídicas que ofreció el presidente para justificar su decisión —que incluyen la mayor gravedad de los crímenes por los que Makled está acusado en Venezuela y la recepción de una solicitud previa por parte del gobierno venezolano—, en balance la extradición al vecino país es más benéfico políticamente en términos de los objetivos que Santos ha trazado en política exterior.

No sólo ha sido una ficha indispensable para extraer contraprestaciones en la relación con Venezuela, sino que ha potenciado las aspiraciones colombianas de ser un líder regional al posibilitar el sorpresivo encuentro entre Chávez y Porfirio Lobo (suponiendo que allí hubo algún trueque) y al marcar independencia frente a Washington. Aunque los republicanos han venido manifestando su “decepción”, la decisión sobre Makled no produjo crisis bilateral ninguna sino que, al contrario, coincidió con el apoyo del presidente Obama al TLC.

Además de manifestar su oposición radical en Twitter, Uribe ha explicado en diversos espacios públicos nacionales e internacionales —entre ellos el influyente programa de opinión del periodista Andrés Oppenheimer— por qué Makled debe ser extraditado a Estados Unidos. Sorpresivamente, en una carta del 8 de abril dos congresistas republicanos le manifiestan a Santos su preocupación de que el caso Makled complique el proceso de ratificación del TLC, citando al exmandatario para justificar su posición. Adicionalmente, sugieren que la decisión de Santos “sacrifica la disposición inquebrantable de Uribe de luchar contra la criminalidad en todas sus formas”, obviamente bajo la tutela de Estados Unidos.

Es decir, quien más insistió en que el TLC fuera aprobado “rapidito” y visitó incansablemente a Washington para lograr (sin éxito) su ratificación, ahora puede convertirse en uno de sus obstáculos. Por el “bien s

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