Por: Carlos Andrés Brando

¿Política industrial otra vez? ¡No, de siempre!

LA POLÍTICA INDUSTRIAL NO RESUcitó, de hecho nunca murió.

Hay debate. Montenegro examina los riesgos de la política industrial y concluye que es mejor no cortejarla. Ana M. Muñoz pregunta si vale la pena crear el ministerio de industria. Marco Llinás asegura que en Colombia ya arrancó y lo que importa es continuar. ¿Qué creer?

Primero la primaria: ¿qué es la política industrial? Un conjunto de medidas que favorecen determinadas firmas y sectores, elevando la productividad y difundiendo eficiencia, en ocasiones en contra de las señales del mercado.

Tan mentada hoy, la política industrial tiene su historia. En el Medioevo los holandeses intervinieron para garantizar la provisión de sal y apoyar la naciente industria del arenque salado. En el siglo XVI, los Tudor convirtieron la isla británica en una potencia de tejidos lanares (no fabriles) con impuestos a la exportación de lana cruda y exenciones fiscales. En 1721 Walpole trazó el primer plan de promoción industrial, declarando en el Parlamento: “Para mejorar el bienestar, importar materias primas y exportar manufacturas”. Así, redujo los aranceles sobre materias primas, elevó los de las manufacturas y subsidió las exportaciones de productos de seda y azúcar. Walpole inspiró al Secretario del Tesoro de Estados Unidos Alexander Hamilton, padre intelectual del argumento de la industria infante. Estados Unidos erigió las barreras comerciales más altas del mundo para manufacturas entre 1816 y 1925.

¿Y más allá del mundo anglosajón qué?

La Prusia de Federico el Grande fomentó las industrias de lino, cubertería, metales y armamento, canalizando insumos baratos de proveedores reales. El dirigismo francés de la posguerra gaullista en trenes, aviones, vehículos y energía nuclear tiene antecedentes en Colbert, ministro de Luis XIV, quien consciente del retraso galo con respecto a Inglaterra patrocinó el reclutamiento de mano de obra calificada inglesa y el espionaje industrial.

Recientemente, Asia lo intenta todo. El Estado taiwanés subvenciona la adquisición de licencias tecnológicas para las pymes locales e impulsa la incubación de empresas intensivas en investigación-desarrollo. Corea del Sur coordina inversiones entre sectores, provee crédito barato y se involucra directamente en la producción. Malasia atrae empresas multinacionales y asegura transferencias tecnológicas y de ‘know-how’ a firmas domésticas. Eso sí, todos imponen astringentes estándares de desempeño a los recipientes de ayuda estatal.

 ¿Conforman estos casos la ortodoxia actual? No, más bien equivalen a herejías en el pensamiento neoclásico. Ahí el punto. La política industrial es más que la provisión eficiente de bienes públicos y trasciende la generación de espacios donde agentes estatales y privados exploran los sectores a priorizar. Las políticas industriales que sacaron de pobres a los ricos de hoy ayer, ya no son válidas, pues éstas lograron lo inconcebible: corregir mercados imperfectos que frenaban el desarrollo, lo cual es un reto tremendo.

¿Entonces qué hacemos? Lo nuestro es dejar así. En una generación, cuando India, China y demás entusiastas de la política industrial prosperen al nivel de reubicar sus industrias en países con mano de obra barata y bacanería, Colombia será atractiva. ¿La repensaremos entonces?

* Departamento de Historia Económica, London School of Economics

 

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