Política macroeconómica de crisis y el riesgo de las roscas

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En mayor o menor medida los gobiernos han puesto en la práctica políticas económicas de carácter contracíclico en medio de la crisis: más gasto en una época de vacas flacas. Ha sido lo correcto. Pero hay que seguir mirando hacia adelante para no terminar en un abismo.

Uno de los artículos centrales de la revista The Economist de esta semana (“Free Money”) plantea que los países más ricos del mundo se endeudarán en más del 17 % de su PIB de 2020 para atender la crisis. Financiarán así sus expansiones de gasto y reducciones de impuestos, que suman cerca de 4,2 billones de dólares. Y seguramente sumarán más, dadas las iniciativas de nuevos estímulos fiscales que se están discutiendo en el Congreso de los Estados Unidos y también el celebrado acuerdo europeo sobre un paquete de apoyo para sus Estados por 869 mil millones de dólares –¡tres veces el PIB de Colombia!–.

El consenso alrededor de la importancia de este tipo de políticas de emergencia parece por fin consolidado, a pesar de que al comienzo de la pandemia algunos insistían en subestimar la necesidad de una política macroeconómica agresiva y rápida.

De acuerdo con el artículo de The Economist, la principal razón para no preocuparse en este momento por la expansión del gasto y la deuda pública es la baja presión sobre los precios (baja inflación). Y tienen razón. Para el caso de Colombia, se había señalado lo mismo en esta columna de El Espectador. La prioridad macroeconómica es la reactivación de la economía y el rescate del empleo, no una inflación galopante inexistente –con una demanda agregada deprimida–. Hay que tener en cuenta, además, que sin reactivación económica no habrá capacidad para pagar las deudas.

Ahora, como todo en economía, la discusión no culmina ahí. El artículo de The Economist advierte también sobre los riesgos de saltos inesperados de la inflación y de usos irresponsables de las políticas fiscal y monetaria para beneficiar grupos de interés. En particular lo segundo me parece lo más preocupante. Lo que empieza hoy como una política de crisis podría intensificar la captura del Estado por parte de algunas camarillas (roscas). Y si esto es un llamado de atención para los países ricos, es una alerta roja para países como el nuestro.

La debilidad institucional, la corrupción, la concentración de poder en ciertos funcionarios o la presión de grupos de interés –todos casos muy presentes en la gobernanza de lo público en Colombia– hacen que los recursos no siempre atiendan las prioridades nacionales de la manera más eficiente. ¿Un ejemplo reciente? La discusión sobre el salvamento de Avianca –aquí el enlace a la columna de Salomón Kalmanovitz al respecto–.

Los gobiernos del mundo han reaccionado con expansiones del gasto público y de la cantidad de dinero en circulación para ponerle resistencia a la caída libre de las economías, a la destrucción del empleo, y para fortalecer los sistemas de salud. Esto es lo correcto. Sin embargo, hay que ponerle atención especial al fortalecimiento institucional y a la transparencia en estos tiempos recios. Tenemos que contar con gobiernos en los que prime una ética de respeto por lo público. Sin eso, lo bueno de la política macroeconómica de reacción en la crisis se desbaratará y podría profundizar problemas institucionales de largo tiempo.

Ph.D. en Economía, University of Massachusetts-Amherst. Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co/blogs/gonzalohernandez/).

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