Por: María Elvira Bonilla

Política y desmemoria

Me encontré con el expresidente Betancur, gozando de sus serenos noventa y dos años, y no pude evitar intentar que hablara sobre la vida vivida.

Quería saber de primera mano sobre el Acuerdo de la Uribe, cuando logró que la guerrilla de las Farc, en cabeza de Jacobo Arenas y Manuel Marulanda, firmara tregua y cese al fuego, ya hace 30 años; de su persistencia para conseguir hacer lo propio con el M19 que terminó en la fatídica toma del Palacio de Justicia. Pero también de sus días como anfitrión en el Palacio de Nariño cuando convocaba, como ningún presidente volvió a hacerlo nunca, unos inolvidables encuentros para dignificar a los grandes de la cultura que desde sus rincones olvidados de la Colombia profunda inventaron ritmos que le han dado alegría e identidad a este país diverso y complejo. Allí estuvieron con autenticidad y sencillez gozándose el protocolo palaciego, que para escándalo de muchos bogotanos estirados giraba alrededor de aguardiente y chicharrones impecablemente servidos, José Barros y Pacho Galán y Lucho Bermúdez, Mutis y Gabo, Arreola, José Emilio Pacheco, Sedar Sanghor y músicos como Nikos Theodorakis, Francisco Zumaque y los pintores todos con sus obras en las paredes de corredores y salones de la Casa Nariño con la monja de Fernando Botero que recibía como pieza central en la escalera de entrada y que el caricaturista Osuna inmortalizó como un irónico ícono vigilante. En fin, tiempos en los que gobernar era convocar y no insultar, ni polarizar ni recabar odios y rabias enconadas.

Quise entonces acercarlo a analizar la coyuntura política pero no, Belisario Betancur ha escogido el silencio y amablemente me dijo: hace treinta años que me retiré. Ya no opino. Pensé entonces en los secretos que se irán con él, que se quedarán sin compartir, ese universo de vivencias de gobernante y ciudadano que ha trasegado casi un siglo de cambios, de horas grises y momentos luminosos, de decepciones, de instantes de gloria y de fracasos, de comprensión del alma humana en las situaciones límite del poder y la impotencia. Me dio pena que todo pasara al olvido.

Como ha ocurrido con tantas historias que las nuevas generaciones se quedarán sin conocer precisamente por eso, por la ausencia de memorias en la bibliografía colombiana. Y especialmente memorias del poder. Del ejercicio de la política, pero no desde la pretensión de inmortalizarse a través de verdades a medias, atrapadas en el sectarismo partidista que invade los escritos políticos de Colombia, sino desde la verdad de los seres humanos, lo que queda en el pozo de los recuerdos cuando lo superficial y banal se ha ido.

Las memorias, ese gran género que solo funciona cuando va de la mano de la sinceridad, la capacidad de verdad, la combinación de emocionalidad y lucidez racional, que nada tienen de hipocresía, ni de retratos grandilocuentes, ni de retórica, ni de anécdotas selectivas entrelazadas con intencionalidad. Aquellas miradas íntimas sobre la vida vivida. Una experiencia intelectual que nos hemos perdido tal vez por la misma tragedia que nos acompaña de tener que contaminarlo todo con estigmatizaciones y un sectarismo ciego que aniquila la posibilidad de pensar con libertad.

 

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